El Varón de Grogzwig (Charles Dickens) - pág.2
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vulgar-, tendrá un linaje más largo que el mayor de los nobles vivo actualmente;
y afirmo que esto no es justo.
¡Bueno, pero el barón Von Koëldwethout de Grogzwig! Era un hombre guapo y
atezado, de cabello oscuro y grandes mostachos que salía a cazar a caballo
vestido con paño verde de Lincoln, con botas rojas en los pies, con un cuerno de
caza colgado del hombro como el guarda de un campo muy amplio. Cuando soplaba su
cuerno, otros veinticuatro caballeros de rango inferior, vestidos con paño verde
de Lincoln un poco más basto, y botas de cuero bermejo de suelas un poco más
gruesas, se presentaban directamente; y galopaban todos juntos con lanzas en las
manos como barandillas de un área lacada, cazando jabalíes, o encontrándose
quizá con un oso en cuyo último caso el barón era el primero en matarlo, y
después engrasaba con él sus bigotes.
Fue una vida alegre la del barón de Grogzwig, y más alegre todavía la de sus
partidarios, quienes bebían vino del Rin todas las noches hasta que caían bajo
la mesa, y entonces encontraban las botellas en el suelo y pedían pipas. Jamás
hubo calaveras tan festivos, fanfarrones, joviales y alegres como los que
formaban la animada banda de Grogzwig.
Pero los placeres de la mesa, o los placeres de debajo de la mesa, exigen un
poco de variedad; sobre todo si las mismas veinticinco personas se sienta]
diariamente ante la misma mesa para hablar de lo mismos temas y contar las
mismas historias. El barón se sintió aburrido y deseó excitación. Empezó
disputar con sus caballeros, y todos los días, después de la cena, intentaba
patear a dos o tres de ellos. A principio aquello resultó un cambio agradable,
pero al cabo de una semana se volvió monótono, el barón se sintió totalmente
indispuesto y buscó, con desesperación, alguna diversión nueva.
Una noche, tras los entretenimientos del día e los que había ido más allá de
Nimrod o Gillingwi ter, y matado «otro hermoso oso», llevándolo después a casa
en triunfo, el barón Von KoéldwethOL se sentó desanimado a la cabeza de su mesa
contemplando con aspecto descontento el techo ahumado del salón. Trasegó enormes
copas llenas de vino, pero cuanto más bebía más fruncía el ceño.
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