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El grillo del hogar (Charles Dickens) - pág.50

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-Es lo que ha procurado fingir, y tan bien lo ha fingido, que, a decir verdad, esto ha sido lo primero que me hizo entrar en sospechas.
E hizo valer la superioridad de May Fielding, a quien a buen seguro no podía acusarse de fingirle amor.
-Lo intentaba -dijo el pobre John con emoción mayor de la que hasta entonces había demostrado-, y sólo ahora empiezo a comprender cuánto le habrá costado. ¡Cuán buena ha sido! ¡Cuánto hizo por mí! ¡Qué corazón tan valiente y enérgico el suyo! Prueba de ello es la felicidad que he alcanzado bajo este techo, y que será siempre mi consuelo cuando quede solo aquí.
-¿Solo? -preguntó Tackleton-. ¿Piensas darte por enterado acaso?
-Tengo la intención -respondió el mandadero- de darle la mayor muestra posible de ternura y de ofrecerle la reparación más completa que he llegado a imaginar. Puedo librarla de un diario sufrimiento; del que resulta de un matrimonio desigual, y de los esfuerzos que ella hace para ocultarme su pena. Dot tendrá toda la libertad que yo pueda darle.
-¡Ofrecerle una reparación! ¡A ella! -exclamó Tackleton llevándose las manos a las orejas y poniéndolas gachas-. ¿Estaré equivocado? ¿Lo habré oído mal?
John cogió por el cuello al comerciante de juguetes y le sacudió como si fuese una caña.
-Oídme -dijo- y procurad comprenderme bien. Oídme. ¿Acaso no hablo con claridad?
-Con gran claridad -respondió Tackleton.
-¿Como hombre resuelto?
-A buen seguro, como hombre muy resuelto.
-Toda la noche pasada, toda la noche estuve sentado ante este hogar -exclamó el mandadero-, en el sitio en que frecuentemente podía contemplarla a mi lado, mientras ella me miraba con su lindo semblante. Pasé revista a su vida entera, día por día; he visto de nuevo su querida imagen presentándose ante mis ojos en todas las situaciones de su vida. Juro que es inocente, si es que hay alguien capaz de juzgar sobre inocencias y culpas.
¡Noble grillo! ¡Leales hadas domésticas!
-Ya estoy libre de cólera y desconfianza -prosiguió el carretero- y sólo me queda el dolor. En un instante malhadado volvió algún antiguo adorador, más en armonía que yo con los gustos y la edad de ella; un amante desdeñado tal vez por mí y a pesar de ella. En un instante desventurado, sorprendida y sin tiempo para decidir, se hizo cómplice de la traición, encubriéndola. Anoche le vio, en aquella ocasión en que los observamos. Mal hecho. Pero si hay verdad en la tierra, de nada más puede acusársela.
-Si opináis así... -empezó a balbucear Tackleton.
-Que parta, pues -prosiguió el mandadero-. Que parta con mi bendición por todas las horas de felicidad que me ha proporcionado, y mi perdón por las congojas de que ha sido para mí la causa. Que parta con la paz del corazón que le deseo. No me odiará jamás; por el contrario, aprenderá a amarme mejor, cuando no la arrastre a remolque de mi destino. Entonces llevará más ligeramente la cadena a que la até tan desgraciadamente para ella.


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