El grillo del hogar (Charles Dickens) - pág.49
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Por más sencilla y ruda que fuese, tenía cierta nobleza y una dignidad natural que sólo podían derivar de un fondo de honor y de generosidad bien arraigado en su alma.
-Soy un hombre sencillo y rudo -prosiguió John- y no tengo grandes méritos, ¡bien sé a qué atenerme sobre el particular! No soy ingenioso, como sabéis muy bien; no soy joven; amé a Dot porque la vi crecer desde su niñez en casa de su padre; porque conocía todo su valer; porque había llenado mi vida durante años enteros. Con muchos, muchísimos hombres, no podré compararme jamás; ¡pero nadie hubiera amado tanto a Dot como yo la amo!
Detúvose y golpeó suavemente el suelo con el pie durante algunos momentos antes de proseguir su peroración.
-He pensado frecuentemente que, aunque no formase con ella la pareja más proporcionada del mundo, llegaría a ser un buen marido y a apreciar quizá su valía mejor que cualquier otro; y por este motivo creí que nuestro matrimonio no sería disparatado por completo. Y nos casamos.
-¡Ah! -exclamó Tackleton moviendo la cabeza con ademán intencionado.
-Me había estudiado, la había puesto a prueba; sabía cuánto la amaba y cuán feliz sería -añadió el mandadero-. Pero no había reflexionado suficientemente, y hoy lo siento con toda el alma, sobre las consecuencias que resultarían con respecto a ella.
-A buen seguro -dijo Tackleton-. ¡El aturdimiento, la frivolidad, la ligereza! ¡No lo habéis reflexionado! ¡Habéis perdido de vista!... ¡Ah!
-Os agradecería que os abstuvieseis de toda interrupción -repuso John severamente- hasta que me comprendieseis, y estáis lejos de entenderme. Ayer hubiera muerto de un puñetazo al hombre que se hubiese permitido lanzar una sola palabra contra ella; hoy le pisaría el rostro, aunque fuese mi hermano.
El comerciante de juguetes le contempló asombrado. John prosiguió con tono algo más suave:
-¿Había yo reflexionado alguna vez que a su edad la arrebataba, resplandeciente de alegría y de belleza, a sus jóvenes compañeras, a las variadas y brillantes escenas de las cuales era Dot el adorno principal, la más espléndida estrella del firmamento, para encerrarla para siempre en mi triste casa y encadenarla a mi enojosa compañía? ¿Había reflexionado cuán distante estaba de su vivacidad, y cuán penosa había de ser mi condición chabacana para un espíritu tan pronto como el suyo? ¿Había reflexionado que no representaba en mí título ni mérito alguno el amarla, que cuantos la conocían daban en concebir el mismo afecto? ¡Nunca, nunca! Me aproveché de su carácter juguetón confiado en el porvenir, y me casé con ella. No quisiera haberlo hecho jamás; ¡por ella, Dios mío, por ella, y no por mí!
El comerciante de juguetes le contempló sin guiñar el ojo, y aun su ojo semicerrado se abrió completamente por esta vez.
-¡Dios la bendiga -dijo John- por la generosa constancia con que ha procurado apartar de mí este doloroso descubrimiento! Y perdóneme el cielo si mi pesada inteligencia no comprendió más pronto lo que ocurría. ¡Pobre niña! ¡Pobre Dot! ¡Y no la he adivinado yo, que he visto sus ojos llenos de lágrimas cuando se hablaba de matrimonios semejantes al nuestro! ¡Pobre muchacha! ¡Haber podido esperar que me amaría, haber podido creer que me amaba realmente!
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