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El grillo del hogar (Charles Dickens) - pág.48

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-No puedo lograr que me oigan -dijo Tilly, mirando a su alrededor-. Supongo que no habrá partido para el otro mundo.
Formulando este deseo filantrópico, miss Slowboy dio nuevos puñetazos y puntapiés a la puerta, obtener resultado alguno.
-¿Queréis que vaya allí? -preguntó Tackleton-. Es curioso.
El mandadero, que había apartado la mirada de la puerta, le indicó con un gesto que podía ir allí, si gustaba.
Tackleton acudió, pues, en ayuda de Tilly; la emprendió también a puñetazos y a puntapiés con la puerta sin obtener la menor respuesta. Vínole la idea de coger la manecilla, y habiéndola vuelto sin trabajo, metió la cabeza en la estancia por la puerta entreabierta, entró y salió en seguida corriendo.
-John Peerybingle -le dijo al oído-, supongo que aquí no habrá ocurrido nada esta noche..., ninguna violencia.
El mandadero se volvió vivamente hacia él.
-¡Ha partido! -añadió Tackleton-, y la ventana está abierta. No veo rastro alguno... Bien se ve que la habitación está casi al mismo nivel del jardín..., pero he temido algo..., algún incidente, ¿eh?
Y cerró casi por completo su ojo expresivo, que se había detenido sobre John con persistencia singular, ocasionándole tanto en el semblante como en todo el cuerpo una violenta contorsión; hubiérase dicho que quería arrancarle la verdad.
-Tranquilizaos -dijo el mandadero-. Penetró ayer por la noche en esta habitación sin haber recibido de mi parte el menor mal ni la menor injuria, y nadie entró aquí después de él. Se ha marchado por su propio albedrío. Capaz sería de salir por esa puerta y mendigar el pan de casa en casa toda mi vida, con tal de deshacer el pasado y que ese hombre no hubiera venido. Pero vino y se marchó. Asunto concluido.
-¡Oh!... Perfectamente -repuso Tackleton-. Se ha marchado sin el menor tropiezo.
La observación no fue oída por el carretero, que se sentó en una silla y se cubrió la cara con la mano antes de proseguir.
-Anoche me mostrasteis a mi mujer, a mi adorada esposa, en secreto...
-Y bien enternecida -insinuó Tackleton.
-Encubriendo la superchería de ese hombre y ofreciéndole ocasiones de hablarla a solas. Cualquier otra cosa hubiera visto mejor que ésa. Nadie más que vos quisiera que le hubiera hecho ver.
-Confieso que siempre he sospechado -dijo Tackleton-, y por eso he venido observando.
-Por lo mismo que usted me lo ha descubierto -prosiguió el carretero, sin hacerle caso-; y así como ha visto a mi esposa, a mi adorada esposa -y el tono de su voz se robustecía al decir esto, y su mano se cerraba con firmeza, como indicando un propósito formado-, en esa situación, es justo y razonable que veáis ahora por mis ojos para que leáis mis intenciones sobre este particular. Porque me he trazado una línea de conducta -añadió el mandadero, contemplándole atentamente-, y por nada del mundo me apartaré de ella.
Tackleton murmuró en términos generales algunas palabras de aprobación sobre la necesidad en que se hallaba John de ejecutar una venganza cualquiera; pero la actitud de su interlocutor le dominó.


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