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El grillo del hogar (Charles Dickens) - pág.47

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Así pasé la noche. La luna descendió hasta el horizonte, las estrellas palidecieron; las primeras claridades de la mañana atravesaron las tinieblas; se hizo sentir el fresco de la madrugada y se levantó el sol. John estaba sentado aún junto a la chimenea y se encontraba en la misma posición que había adoptado la noche anterior. Durante toda la noche el grillo había cantado en el hogar: crrri... crrri... crrri...; durante toda la noche John había oído su voz; durante toda la noche las hadas domésticas habían trabajado a su alrededor; durante toda la noche Dot había permanecido amable y sin tacha en el espejo de las hadas, exceptuando los momentos en que cierta sombra pasaba por él.
- III ­
Cuando resplandeció el día por completo, John se levantó y se vistió. No podía entregarse a sus gozosas ocupaciones cotidianas; le faltaba valor en la ocasión presente, pero no importaba; tratándose del día fijado para la boda de Tackleton, había procurado hacerse reemplazar en sus tareas. Habíase propuesto, sin sospechar lo que iba a ocurrir, ir a la iglesia alegremente con Dot, pero no había que pensar más en ello. Aquel día celebrábase también el aniversario de su matrimonio. ¡Quién le hubiera dicho que tal año había de tener tan lastimoso fin!
El mandadero esperaba una visita de Tackleton a primera hora y no se engañó. Apenas empezó a pasearse de arriba abajo junto a la puerta, vio a lo lejos el cochecito del comerciante de juguetes. A medida que iba aproximándose, John pudo notar con más precisión que Tackleton estaba ya de veinticinco alfileres para la boda, y que había adornado la cabeza de su caballo con flores y cintas.
El caballo se parecía más a un novio que su mismo amo, cuyo ojo semicerrado ofrecía una expresión más desagradable que nunca. Pero el mandadero no reparó en tal cosa; otros pensamientos hurgábanle el cerebro.
-John Peerybingle -dijo Tackleton, como si se condoliera de John-; ¿cómo habéis pasado la noche?
-No muy buena, señor Tackleton -respondió el mandadero, sacudiendo la cabeza-; tenía el espíritu turbado. Pero todo ha concluido. ¿Podéis concederme algo así como un cuarto de hora de audiencia?
-He pasado por aquí expresamente para veros -respondió Tackleton, bajando del coche-. No os molestéis por el caballo. Se mantendrá tranquilo con las riendas sujetas en el poste; si queréis, dadle un puñado de heno.
El mandadero fue a buscar heno al establo y lo puso delante del caballo; luego los dos hombres entraron en la casa.
-¿Supongo que no os casaréis antes del mediodía? -dijo John.
-No -respondió Tackleton-. ¡Tengo tiempo de sobra, tengo tiempo de sobra!
En el mismo instante en que penetraron en la cocina, Tilly Slowboy llamaba a la puerta del extranjero, que sólo se hallaba separada por unos cuantos escalones. Uno de sus congestionados ojos -Tilly había llorado toda la noche porque su señora lloraba- permanecía aplicado al agujero de la cerradura; Tilly redoblaba sus golpes y parecía muy espantada


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