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El grillo del hogar (Charles Dickens) - pág.31

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Dot, inmóvil en su asiento, dentro del carruaje, se entretenía con todos estos incidentes, y al mirar al exterior formaba un lindísimo cuadro, bajo el marco del toldo. De modo, que puedo aseguraros que los jóvenes, al verla, nunca dejaban de tocarse con el codo, mirarse unos a otros, hablar bajo y envidiar la suerte del feliz John; y el feliz John se arrobaba al notarlo, porque estaba orgulloso de su mujercita y sabía que Dot no hacía caso de los admiradores..., aunque tampoco le disgustase oírles.
El viajecito no se hacía con tiempo despejado, porque corría a la sazón el mes de enero y el tiempo era frío y rudo. Pero, ¿quién se inquietaba por tan poco? No sería Dot, seguramente; ni Tilly Slowboy, porque para ella, ir en coche, de cualquier modo que fuese, era el supremo grado de las dichas humanas, el colmo de las esperanzas del miserable mundo; ni el niño, me atrevería a jurarlo, porque jamás niño alguno, cualquiera que fuese su capacidad bajo este doble aspecto, estuvo más caliente ni más profundamente dormido que el bienaventurado Peerybingle menor, durante toda la ruta.
No se podía divisar grandes distancias a consecuencia de la bruma, pero ésta no era impenetrable ni mucho menos. Admira ciertamente el gran número de cosas que pueden verse entre una bruma más espesa todavía que aquélla por poco que quiera tomarse el trabajo de mirar. En fin: sólo el contemplar desde el asiento las rondas de hadas(5) y los montones de escarcha, que permanecían aún a la sombra de los vallados y los árboles, constituía una agradable ocupación; esto sin contar con las formas impensadas que presentaban los árboles de pronto, desprendiéndose de la bruma para hundirse en ella de nuevo. Los setos, enmarañados, despojados de sus hojas, abandonaban al viento gran número de guirnaldas marchitas; pero este espectáculo no era entristecedor. Resultaba, al contrario, agradable, porque hacía resaltar mucho más el atractivo de un rincón del hogar que poseyerais durante el invierno, y os hacía más hermosa la esperanza de la próxima primavera. El río parecía aterido, pero seguía corriendo y aun corría dulcemente; sólo que el curso era algo lento y torpe, pero no importaba; no por eso se helaría con menos dilación cuando el frío se hiciese sentir con todo su rigor, y entonces todo el mundo iría allí a patinar, a resbalar, y las viejas barcazas, aprisionadas por el hielo junto al muelle, echarían humo por las chimeneas enmohecidas, disfrutando un poco de agradable ocio.
Más lejos, en el campo, ardía un montón de yerbajos y rastrojos. Los viajeros contemplaron el fuego de pálido aspecto que dejaba ver a la luz del día, a través de la bruma, y aquí y allá, la claridad de una llama rojiza, hasta que Miss Slowboy, a consecuencia de la observación que hizo de que «el humo le subía a la nariz» -era su costumbre cuando algo le molestaba-, se sofocó y despertó al niño, que ya no quiso volver a dormirse.


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