La noche de los tiempos (Rene Barjavel) - pág.20
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No lo hay en la base. Habrá que ir a París.
Habrá que ir a París. Fue igualmente la conclusión de Pontailler, cuando lo
pusieron al corriente; al principio rehusé y después lo aceptó frente a la
evidencia del descubrimiento. No se podía hablar de esto ni por radio, con todos
los oídos del mundo escuchando día y noche los secretos y las charlas. Había que
llevar los documentos a la sede de París. El jefe de Expediciones Polares
decidiría a quién o qué comunicaría. Mientras tanto, cada uno debía callarse.
Como decía Eloi "esto corría el riesgo de ser una cosa sensacional".
He tomado el avión de Sydney. Con dos semanas de retraso y con el deseo de
volver muy pronto. Ya no estaba aguijoneado por el anhelo del café-crema.
Realmente no había allá, bajo el hielo, algo mucho más excitante que el olor del
café y de los parisienses mal lavados en la mañana temprana.
El avión subió sobre su soplo, como una pelotita de plástico sobre un chorro de
agua, y dio un poco vuelta sobre sí mismo a la búsqueda de su rumbo, luego lanzó
un rugido y saltó hacia el norte y hacia arriba, en una pendiente de 50 grados.
A pesar de los asientos reclinables y rellenos como una nodriza, produce un
efecto extraño el subir a una inclinación y a una aceleración semejantes. Pero
es un avión que no transporta sino a veteranos aguerridos, y que no corre el
riesgo de romper vidrios con sus "Bangs". Luego los pilotos se dan el gusto de
demostrar atrevimiento.
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