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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.651

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Está en un jardín. A su lado hay una mujer brusca, sombría, ajada, con una cicatriz en los labios. Oigamos lo que dicen:
-Rosa, he olvidado el nombre de este caballero.
Rosa se inclina hacia ella y le anuncia a míster Copperfield.
-Me alegro mucho de verle, caballero, y siento mucho observar que está usted de luto. Espero que el tiempo le traerá algún consuelo.
La persona que la acompaña la regaña por su distracción
-No está de luto; fíjese usted -y trata de sacarla de sus sueños.
-¿Ha visto usted a mi hijo, caballero? ¿Se han reconciliado ustedes?
Después, mirándome con fijeza, lanza un gemido y se lleva la mano a la frente; exclama con voz terrible:
-¡Rosa, ven aquí; ha muerto!
Y Rosa, arrodillada delante de ella, le prodiga a la vez sus caricias y sus reproches; o bien exclama, con amargura: «Yo le amaba más de lo que usted le amaba»; o se esfuerza en hacerla dormir sobre su pecho, como a un niño enfermo. As ílas he dejado, y así las encuentro siempre; así de año en año transcurre sus vidas.
Un barco vuelve de la India. ¿Quién es esa señora inglesa casada con un viejo creso escocés? ¿Será, por casualidad, Julia Mills?
Sí; es Julia Mills, siempre esbelta, con un hombre negro que le entrega las cartas en un platillo dorado, y una mulata vestida de blanco, con un pañuelo brillante en la cabeza, que le sirve su Tiffin en su sala de estar. Pero Julia no escribe ya su diario, no canta ya el funeral del amor; no hace más que pelearse sin cesar con su viejo creso escocés, una especie de oso amarillo. Julia está sumergida en dinero hasta el cuello; nunca habla ni sueña con otra cosa. Me gustaba más «en el desierto de Sahara».
Mejor dicho, ahora es cuando está en el desierto de Sahara. Pues Julia, aunque tiene una casa preciosa, aunque tiene escogidas amistades y da todos los días magníficas comidas, no ve a su alrededor retoños verdeantes ni el más pequeño capullo que prometa para un día flores o fruto. Sólo ve lo que llama « su sociedad». Míster Jack Maldon, que desde lo alto de su grandeza pone en ridículo la mano que le ha elevado y me habla del doctor como de una antigualla muy divertida. ¡Ah, Julia! Si la sociedad sólo se compone para ti de caballeros y damas semejantes; si el principio sobre el que reposa es ante todo una indiferencia confesada por todo lo que puede avanzar o retrasar el progreso de la humanidad, hubieses hecho mejor, yo creo, perdiéndote «en el desierto de Sahara»; al menos habrías tenido la esperanza de salir de él.
Pero aquí está el buen doctor, nuestro anciano amigo; trabaja en su Diccionario (está en la letra d). ¡Qué dichoso es entre su mujer y sus libros! También está con él el Veterano; pero ha perdido poder y está muy lejos de tener la influencia de antes.
Y este otro hombre atareado, que trabaja en el Templo, con los cabellos (por lo menos los que le quedan) más recalcitrantes que nunca, gracias al roce constante de su peluca de abogado, es mi buen, mi antiguo amigo Traddles.


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