David Copperfield (Charles Dickens) - pág.636
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Pero no queremos detenerle más tiempo.
-Muchas gracias -dijo Littimer-. Caballeros, les deseo buenos días, y espero que también ustedes y sus familias llegarán a reconocer sus pecados y a enmendarse.
El Veintiocho se retiró, después de lanzar una mirada de inteligencia a Uriah. Vi que no eran desconocidos uno para el otro y que habían encontrado medio de entenderse. Cuando se cerró la puerta de su celda se oyó murmurar en todo el grupo que era un preso muy respetable, un caso magnífico.
-Ahora, Veintisiete -dijo míster Creakle, volviendo a entrar en escena con su campeón-, ¿hay algo que podamos hacer por usted? No tiene más que decirlo.
-Le pido humildemente, caballero -repuso Uriah, sacudiendo su cabeza odiosa-, la autorización de escribir otra vez a mi madre.
-Le será acordada -dijo míster Creakle.
-Muchas gracias; me preocupa mucho mi madre. Temo que esté en peligro.
Alguien tuvo la imprudencia de preguntar qué peligro podía correr; pero un « ¡chis! » escandalizado fue la respuesta general.
-Temo por su seguridad eterna, caballero -respondió Uriah, torciéndose hacia donde había salido la voz-. Me gustaría encontrar a mi madre en el mismo estado de ánimo que yo. Yo nunca hubiese llegado a este estado de espíritu si no hubiera venido aquí. Querría que mi madre estuviera aquí. ¡Qué felicidad sería para todos que se pudiera traer aquí a todo el mundo!
Aquello fue recibido con una satisfacción sin límites, la mayor satisfacción que habían tenido nunca aquellos señores.
-Antes de venir aquí -dijo Uriah, lanzándonos una mirada de soslayo, como si hubiera querido poder envenenar con una mirada al mundo exterior, a que pertenecíamos-, antes de venir aquí he cometido faltas; pero, ahora puedo reconocerlo, hay mucho pecado en el mundo; hay mucho pecado en mi madre; hay mucho pecado en todas partes, menos aquí.
-Está usted completamente cambiado -dijo míster Creakle.
-¡Oh Dios mío! Ya lo creo -gritó aquel esperanzado.
-¿Y usted no recaería si le pusieran en libertad? -preguntó otra persona.
-¡Oh Dios mío; no, caballero!
-Bien -dijo míster Creakle-; todo eso es muy satisfactorio. Antes se ha dirigido usted a míster Copperfield, Veintisiete. ¿Tiene usted algo más que decirle?
-Usted me ha conocido mucho tiempo antes de mi entrada aquí y de mi gran cambio, míster Copperfield -dijo Uriah mirándome con una mirada feroz, como nunca he visto otra, ni aun en su rostro...- Usted me ha conocido en los tiempos en que, a pesar de todas mis faltas, era humilde con los orgullosos y dulce con los violentos. Usted ha sido violento una vez conmigo, míster Copperfield; usted me dio una bofetada, ya lo sabe usted.
Cuadro de conmiseración general; me lanzan miradas indignadas.
-Pero yo le perdono, míster Copperfield -dijo Uriah, haciendo de su clemencia un paralelo impío, que me parecería blasfemar el repetirlo-; yo perdono a todo el mundo. Yo no conservo rencor a nadie. Le perdono de todo corazón, y espero que en el futuro dominará usted mejor sus pasiones. Espero que míster Wickfield y mistress Wickfield se arrepentirán, como todos los demás pecadores.
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