El trombón de Navidad (Raymond E. Banks) - pág.2
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- El jefe de policía Nelson ha dicho que la próxima vez que vuelva usted a tocar
ese trombón, se lo quita... -dijo la adusta patrona en tono de amenaza -. Ya se
lo he dicho antes: los conos musicales lo hacen mucho mejor...
- ¿Y quién le tiene miedo al jefe de policía Nelson? - concluyó Shortz
burlonamente.
La señora Thompson, por toda respuesta dio un bufido y se fue a poner en marcha
su cono musical. Pulsó un numero, y los discos, finisimos como obleas, de agua
pesada de Venus, respondieron con una maravillosa sensación de realidad.
Doscientos cincuenta mil músicos de todo el mundo habían tocado para impresionar
aquellos discos. Toda disonancia quedaba eliminada gracias a las propiedades
peculiares de los discos de agua venusína solidificada, de poco más de dos
centímetros de espesor. Si se dispusiese de un material registrador perfecto y
se supiese lo que se podía esperar del órgano de Corti, situado en la estructura
helicoidal del oído humano, podría, incluso, escribirse una ecuación para la
música «perfecta» de los conos. Shorty soltó un gruñido y salió a la fría noche.
Escuchó. No había luna ni estrellas. Una ligera capa de nieve cubría toda la
tierra. Podía ver las luces de Blessington titilando en la nieve. Podía oír
voces lejanas cantando villancicos. Cada año eran menos numerosas. Y podía oír,
sobre todo, los conos musicales... Desde las casas particulares, desde los
bares, desde los reductos del ejército de Salvación, la música navideña se
elevaba al cielo y llenaba todo el aire.
En la calle de Grover Cleveland, se podía oír claramente la dominante vibración
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