David Copperfield (Charles Dickens) - pág.635
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Se elevó un murmullo combinado, donde se mezclaba por una parte la satisfacción de ver al Veintisiete en un estado de espíritu tan celestial, y, por el otro, un sentimiento de indignación contra el cocinero por haber dado motivo de queja. (Míster Creakle tomó nota inmediatamente.) Veintisiete continuaba de pie entre nosotros, como si se diera cuenta de que representaba el objeto curioso de un museo, de lo más interesante. Para darnos a los neófitos el golpe de gracia y deslumbrarnos, redoblando a nuestros ojos aquellas deslumbrantes maravillas, dieron orden de traemos también al Veintiocho.
Me había sorprendido ya tanto, que sólo sentí una especie de sorpresa resignada cuando vi acercarse a Littimer leyendo un libro.
-Veintiocho -dijo un caballero con lentes que no había hablado todavía-. La semana pasada se quejó usted del chocolate, amigo mío; ¿ha sido mejor esta semana?
-Gracias, caballero -dijo Littimer-; estaba mejor hecho. Si me atreviera a hacer una observación, caballero, creo que la leche con que lo hacen no está completamente pura; pero ya sé que en Londres se adultera mucho la leche, y es un artículo muy difícil de procurarse al natural.
Me pareció que el caballero de los lentes hacía competencia, con su Veintiocho, al Veintisiete de míster Creakle, pues cada uno de ellos se encargaba de hacer valer a su protegido.
-¿Y cómo se encuentra usted, Veintiocho? -dijo el de los lentes.
-Muchas gracias, caballero -respondió Littimer-; reconozco mis locuras, caballero, y siento mucho, cuando pienso en los pecados de mis antiguos compañeros; pero espero que obtendrán perdón.
-¿Y es usted dichoso? -continuó el mismo caballero en tono animador.
-Muy agradecido, caballero; muy dichoso -dijo Littimer.
-¿Y hay algo que le preocupe? Dígalo francamente, Veintiocho.
-Caballero -dijo Littimer sin levantar la cabeza-, si mis ojos no me han engañado, hay aquí un señor que me conoció hace tiempo. Puede serle útil a ese caballero el saber que atribuyo todas mis locuras pasadas a haber llevado una vida frívola, al servicio de jóvenes, y haberme dejado arrastrar por ellos a debilidades a las cuales no tuve la fuerza de resistir. Espero que ese caballero, que es joven, aprovechará la advertencia y no se ofenderá de la libertad que me tomo, pues es por su bien. Reconozco todas mis locuras pasadas y espero que él también se arrepentirá de todas las faltas y pecados en que ha tomado parte.
Observé que muchos de aquellos señores se tapaban la cara con las manos como si meditaran en la iglesia.
-Eso le hace honor, Veintiocho; no esperaba menos de usted... ¿Tiene usted algo más que decir?
-Caballero -dijo Littimer, levantando ligeramente, no los ojos, sino únicamente las cejas-, había una joven de mala conducta a quien he tratado en vano de salvar. Ruego a ese caballero, si le es posible, que informe a esa joven, de mi parte, de que la perdono y la invito al arrepentimiento. Espero que tenga esa bondad.
-No dudo, caballero -continuó su interlocutor-, que el caballero a quien usted alude no sienta muy vivamente, como lo hacemos todos, lo que usted acaba de decir de una manera tan conmovedora.
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