David Copperfield (Charles Dickens) - pág.634
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Y encontré, sobre todo, que los que más hablaban eran los que despertaban mayor interés, y que su amor propio, su vanidad, la necesidad que tenían de llamar la atención y de contar sus historias, sentimientos estos bien demostrados por sus antecedentes, les hacían pronunciar largas profesiones de fe, en las cuales se complacían.
Sin embargo, oí hablar tanto en el curso de nuestra visita de cierto número Veintisiete, que estaba en olor de santidad, que decidí suspender mi juicio hasta haber visto al Veintisiete. El Veintiocho le hacía la competencia, y era también, según me dijeron, un astro muy brillante; pero, desgraciadamente para él, su mérito estaba ligeramente eclipsado por el brillo extraordinario del Veintisiete. A fuerza de oír hablar del Veintisiete, de las piadosas exhortaciones que dirigía a todos los que le rodeaban, de las hermosas cartas que escribía constantemente a su madre, inquieta por no verle en buen camino, llegué a estar impaciente por conocerle.
Tuve que dominar bastante tiempo mi impaciencia, pues reservaban el Veintisiete para final. Por fin llegamos a la puerta de su celda, y allí míster Creakle, aplicando su ojo a un agujerito de la pared, nos dijo, con la mayor admiración, que estaba leyendo un libro de salmos.
Imnediatamente se precipitaron tantas cabezas para ver al número Veintisiete leer su libro de salmos, que el agujerito se vio bloqueado. Para remediar aquel inconveniente y para damos ocasión de hablar con el Veintisiete en toda su pureza, míster Creakle dio orden de abrir la puerta de la celda y de invitar al Veintisiete a que saliera al corredor. Lo hicieron así, y ¡cuál no sería la sorpresa de Traddles y la mía al descubrir que el número Veintisiete era Uriah Heep!
Inmediatamente nos reconoció y nos dijo, saliendo de su celda, con sus antiguas contorsiones:
-¿Cómo está usted, míster Copperfield? ¿Cómo está usted, míster Traddle?
Aquel reconocimiento causó entre los asistentes una sorpresa general, que no puedo explicarme más que suponiendo que se maravillaban de que no fuera orgulloso y nos hiciera el honor de reconocemos.
-Y bien, Veintisiete -dijo míster Creakle, admirándole con expresión sentimental-, ¿cómo se encuentra usted hoy?
-Soy muy humilde, caballero -respondió Uriah Heep.
-Lo es usted siempre, Veintisiete -dijo míster Creakle.
En esto, otro caballero le preguntó con expresión de profundo interés:
-¿Pero se encuentra usted completamente bien?
-Sí, caballero, gracias -dijo Uriah Heep, mirando de soslayo a su interlocutor-; estoy aquí mucho mejor de lo que he estado en ninguna parte. Ahora reconozco mis locuras, caballero, y eso es lo que hace que me encuentre tan bien en mi nuevo estado.
Muchos de los presentes estaban profundamente conmovidos. Uno de ellos se adelantó hacia él y le preguntó, con extremada sensibilidad, qué le parecía la carne.
-Gracias, caballero -respondió Uriah Heep, mirando hacia donde había salido la pregunta-; ayer estaba más dura de lo que hubiera deseado, pero mi deber es resignarme. He hecho tonterías, caballeros -dijo Uriah, mirando a su alrededor con una sonrisa indulgente-, y debo soportar las consecuencias sin quejarme.
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