Con pena y sin gloria (Chiquita Barreto Burgos) - pág.49
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antigua felicidad. Volver a andar el tiempo de la [87] alegría, caminar
por los lugares queridos.
Juntó toda su voluntad. No podía escapar con el corazón, entonces se
escabulló con un ojo hacia el pasado. Con un solo ojo como si fuera toda
ella, hechó a andar.
Primero recorrió todo el hospital, cada sala; vio a otros seres
sufrientes y por un momento casi se ahoga. Después salió afuera. Leyó al
salir: «Hospital Espíritu Santo».
Caminó dando saltos por el campo, tropezó con grillos y ranas, se
maravilló ante la noche oscura y azul, y del brillo de las estrellas y la
media luna cubierta como si estuviera detrás de un cristal empañado.
«El médico de guardia, fue a la sala seis, a las doce en punto, se
acercó a la cama tres, la paciente, enferma terminal de cáncer, dormía
plácidamente después de varias noches, todo estaba tranquilo. Se le
ocurrió sin embargo, que el párpado derecho estaba hundido, como si la
cuenca estuviera vacía. Pero la mujer respiraba pausada y tranquilamente,
y no valía la pena molestarla por una ocurrencia absurda. Salió como había
entrado, sin hacer ruido, las plantillas de caucho de su zapato blanco,
ayudaban su andar silencioso».
Cruzó el campo, anduvo medio perdido; saltando cada vez más aprisa
sin [88] cansarse, para ganarle tiempo al tiempo, y por fin llegó a la
casa materna.
Fue a la cocina, miró las espigas largas que el tiempo y el hollín
habían formado en el techo de paja, el fuego apagado, los platos puestos a
secar en el canasto; las cacerolas colgadas de los clavos que su madre
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