David Copperfield (Charles Dickens) - pág.633
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Cuando le presenté a Traddles, míster Creakle declaró, aunque con menos énfasis, que también había sido el guía, el amigo, el maestro de Traddles. Nuestro venerable pedagogo había envejecido mucho, lo que no le favorecía. Su rostro seguía tan malvado, sus ojos tan pequeños, y todavía un poco más hundidos; sus raros cabellos grises, con los que siempre le recordaba, habían desaparecido casi en absoluto, y las abultadas venas de su cráneo calvo eran muy desagradables de ver.
Después de hablar un momento con aquellos señores, cuya conversación hubiera podido hacer creer que no había en el mundo nada tan importante como el supremo bienestar de los prisioneros, ni nada que hacer en la tierra fuera de las rejas de una prisión, empezamos nuestra visita de inspección. Era precisamente la hora de comer, y en primer lugar nos condujeron a la gran cocina, donde se preparaba la comida de cada prisionero, que se le llevaba a la celda con la regularidad y precisión de un reloj. Le dije en voz baja a Traddles que me parecía un contraste muy chocante el de aquellas comidas tan abundantes y tan cuidadas, y las comidas, no digo de los pobres, pero de los soldados y marineros, de los campesinos; en fin, de la masa honrada y laboriosa de la nación, entre los que no había ni un cinco por ciento que comieran la mitad de bien. Supe que el «sistema» requería una alimentación fuerte; en una palabra, descubrí que sobre este punto, como sobre todos los demás, el « sistema» quitaba todas las dudas y zanjaba todas las dificultades.,Nadie parecía tener la menor idea de que pudiera haber otro sistema mejor que el « sistema» ni que mereciese la pena discutirlo...
Mientras atravesábamos un magnífico corredor pregunté a míster Creakle y a sus amigos cuáles eran las ventajas principales de aquel todopoderoso, de aquel incomparable «sistema» . Supe que era el aislamiento completo de los prisioneros, gracias al cual un hombre no podía saber nada del que estaba encerrado a su lado, y se encontraba reducido a un estado de espíritu saludable, que le llevaba por fin al arrepentimiento y a la contrición sincera.
Cuando hubimos visitado a algunos individuos en sus celdas y atravesado los corredores a que daban estas; cuando nos explicaron la manera de ir a la capilla, y todo lo demás, pensé que era muy probable que los prisioneros supieran unos de otros más de lo que se creía, y que evidentemente habrían encontrado un buen medio de correspondencia. Eso creo que ha sido demostrado después; pero sabiendo que semejante sospecha sería rechazada como una abominable blasfemia contra el «sistema», esperé a examinar más de cerca las huellas de aquella penitenciaría tan alabada.
Pero fui de nuevo asaltado por grandes dudas. Me encontré con que la penitenciaría estaba trazada sobre un patrón uniforme, con los trajes y chalecos que se ven en los escaparates de las sastrerías. Me encontré con que hacían ostentosas profesiones de fe, muy semejantes unas a otras, en fondo y forma, lo que me pareció sospechoso.
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