Con pena y sin gloria (Chiquita Barreto Burgos) - pág.41
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absurdo mecanismo de su naturaleza. Los ladrillos este año, las tejas y
los tirantes otro año, con el sueño cada vez más imposible del hijo
taladrándole las entrañas.
Hilario seguía aparecido y desaparecido. Un día descubrió que estaba
acostado en una cama bajo un techo que era suyo, aunque él no haya
contribuido [75] nada más que algún silbido burlón o un gesto de ingenuo
cinismo.
Disfrutó un tiempo del placer de la casa propia, y le regaló a ella
la posibilidad de soñar con un plácido futuro. Reguló sus salidas y hasta
se dedicó a enseñarle a ella algunos trucos amatorios que adivinaba le
calentaba más la cara que el cuerpo, mientras resbalaban los meses y su
plan iba llegando a su fin.
-Venderemos la casa. Me ofrecieron una hermosa potranca, que estoy
seguro me hará más rico.
Y la casa se vendió.
La casa que construyó ella, juntando peso sobre peso y pena sobre
pena. Las tejas este año, los ladrillos otro año, cosiendo desde el
amanecer hasta la medianoche, en la máquina destartalada hasta
destartalarse ella misma.
-Me voy, vos no me necesitás, siempre fuiste una mujer muy guapa.
Se fue.
Ella no lloró. Sólo una especie de humo le ensombreció el rostro.
El tiempo había pasado tan de prisa y le había llenado de diminutas
grietas el corazón, le blanqueó el cabello que nunca había tenido un color
definido, le marchitó los muslos y le vació los senos.
Sentada en su raído sillón de hamacar se impulsa con sus piernas
esqueléticas y se balancea junto con sus [76] recuerdos más lejanos, hasta
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