Con pena y sin gloria (Chiquita Barreto Burgos) - pág.37
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temido por las mujeres: el atractivo era claro, la historia de la abuela
pintándolas [67] fáciles, por un lado y llena de misterio por otro. Vivían
solas, la madre era todavía demasiado joven y hermosa y Jorgelina se
perfilaba como la muchacha más bella del pueblo. Día a día crecía la fama
de su hermosura incomparable, y así también aumentaban los desastres de
los que se lo consideraba culpables.
Un par de años antes de comenzar la guerra, las dos hermanas
abandonaron la escuela: eran demasiado grandes para la edad que tenían, ya
sabían firmar y leer un poco.
Llegó la guerra.
Andresa fue por primera vez a la capital, sin consultar con su madre
ni con su hermana se presentó como enfermera voluntaria.
Durante unos meses prestó servicio en el hospital central, lo
suficiente para familiarizarse con el dolor, después pidió que la
trasladaran más al frente: allí sirvió hasta finalizar la guerra.
No se permitió ninguna tregua durante dos largos años. Sin embargo
allí con el diario espectáculo de horror y muerte descubrió que amaba la
vida.
Acariciaba un simple sueño para su regreso: encontrar un lugar donde
nadie les señalara con el dedo, y construir juntas un futuro sin estigmas.
Extrañamente volvió repleta de esperanzas. [68]
Tenía solamente dieciocho años. Aunque aparentaba más.
Pero Jorgelina ya no estaba. Se había ido, quien sabe donde, cansada
del asedio de los hombres, que la encontraban demasiado turbadora para ser
esposa, y de que las mujeres le endilgaran la culpa por todos los
desastres reales o imaginarios que pasaban en el pueblo.
Nunca volvió a saberse de ella.
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