David Copperfield (Charles Dickens) - pág.632
Indice General
|
Volver
Página 632 de 653
-He recibido una carta de ese viejo... canalla -le dije, pues nunca me había sentido menos dispuesto a perdonarle la costumbre de pegar a Traddles como cuando veía a Traddles dispuesto a perdonarle a él.
-¿De Creakle, el director del colegio? -exclamó Traddles-. ¡Oh, no es posible!
-Entre las personas a quienes atrae mi fama reciente -le dije lanzando una mirada a mis cartas- y que descubren de pronto que siempre me han querido mucho, se encuentra él. Ya no es director de colegio, Traddles. Se ha retirado, y es director de la prisión de Middlesex.
Gozaba de antemano pensando en la sorpresa de Traddles; pero no demostró ninguna.
-¿Cómo supones que puede haber llegado a director de la prisión de Middlesex? -continué.
-¡Oh, amigo mío! -respondió Traddles-. Es una cuestión a la que sería muy difícil contestar. Quizá ha votado a alguien, o prestado dinero a alguien, o comprado algo a alguien que conocía a alguien y que ha obtenido el nombramiento.
-Sea como sea, lo es -dije-, y me ha escrito que tendría mucho gusto en enseñarme en pleno vigor el único verdadero «sistema» de disciplina para las prisiones; el único medio infalible de obtener un arrepentimiento sólido y verdadero. Ya sabes, lo último en sistemas penitenciarios: confinamientos solitarios. ¿Qué te parece?
-¿El sistema? -me preguntó Traddles con gravedad.
-No. ¿Crees que debo aceptar su ofrecimiento y anunciarle que iremos los dos?
-No tengo inconveniente -dijo Traddles.
-Entonces voy a escribirle avisándole. ¿Recuerdas (sin hablar del modo como lo trataba) que ese mismo Creakle había arrojado a sus hijos de su casa, y recuerdas la vida que hacía llevar a su mujer y a su hija?
-Perfectamente -dijo Traddles.
-Pues bien; si leyeras su carta, verías que es el más tierno de los hombres para los condenados cargados con todos los crímenes. Únicamente no estoy muy seguro de que esa ternura de corazón se extienda a las demás criaturas humanas.
Traddles se encogió de hombros sin ninguna sorpresa. Yo tampoco estaba sorprendido; había visto en acción demasiadas parodias de aquella clase. Fijamos el día de nuestra visita y escribí aquella misma tarde a Creakle.
El día señalado, que creo que fue el siguiente, nos dirigimos Traddles y yo a la prisión donde míster Creakle ejercía su autoridad. Era un inmenso edificio, cuya construcción había costado mucho dinero. Conforme nos acercábamos a la puerta, no podía por menos que pensar en el revuelo que habría armado en el país el ingenuo que hubiera propuesto que se gastara la mitad de la suma para construir una escuela industrial para los pobres o un asilo para ancianos dignos de protección.
Nos llevaron a un despacho que hubiera podido servir de cimiento para una Torre de Babel, tan sólidamente estaba construido. Allí nos presentaron al antiguo director de nuestra pensión, en medio de un grupo que se componía de dos o tres de aquellos infatigables funcionarios, sus colegas, y de algunos visitantes. Me recibió como un hombre que hubiera formado mi espíritu y mi corazón y que me hubiera amado tiernamente.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
601
602
603
604
605
606
607
608
609
610
611
612
613
614
615
616
617
618
619
620
621
622
623
624
625
626
627
628
629
630
631
632
633
634
635
636
637
638
639
640
641
642
643
644
645
646
647
648
649
650
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|