Con pena y sin gloria (Chiquita Barreto Burgos) - pág.22
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estaba tan seguro que sería su dueño en poco tiempo.
En cuarenta meses logró juntar suficiente dinero, para comprar, según
sus cálculos, hasta la conciencia de los demás. Él la había vendido y en
su confusión creía que todo podía venderse o comprarse.
Había perdido su aire aureolado y su olor de incienso y jazmín. [40]
En Golondrina el invierno se prolongó más que nunca.
Era octubre y aún hacía bastante frío.
Aquella noche como de costumbre la madre de Vicentí se fue a la cama
muy temprano, mientras sus hermanos se quedaban tomando un mate apenas
tibio, chupando cada uno interminablemente la bombilla de plata -única
prenda que aún queda para empeñar de la escasa pertenencia heredada por la
anciana de su difunto marido- haciendo bromas sobre las locuras del
hermano ausente, mientras íntimamente cada uno también soñaba, con el
caserón sombrío.
De repente sus risas fueron cortadas por un alarido espantoso. Por un
instante quedaron desconcertados, para luego precipitarse hasta la cama de
la viejita que gritaba totalmente fuera de sí, «mi hijo se estaba
muriendo... mi hijo se está muriendo...». Trataron de calmarla de su
pesadilla desprendiendo el botón de la bata de franela desteñida, y
dándole golpecitos suaves en las espaldas, abrieron la puerta para
purificar el aire que suponían viciado por el braserito casi apagado, y
entonces un resplandor invadió el cuarto, unas llamaradas inmensas
parecían lamer el cielo.
La floresta se estaba quemando. [41]
Ninguno se animó a escribirle una línea a Vicentí sobre lo ocurrido.
Supusieron que la noticia rasgaría (3) su corazón cerrado para otro
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