Con pena y sin gloria (Chiquita Barreto Burgos) - pág.20
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hermoso, y un niño resplandeciente montados sobre un enorme caballo
blanco. [36] [37]
Obsesión
Desde que vio la casa soñó con ella. Cada vez que disponía de algún
tiempo libre pasaba por delante, se quedaba absorto mirándola. Leía y
releía el luminoso letrero: Librería La Floresta.
La actitud de Vicentí cambió desde que vio la casa; sus ojos
adquirieron un brillo inusitado, como si en el fondo ardiera una fogata de
leño seco, y si uno se fijaba detenidamente podría descubrir alrededor de
su cabeza de negrito chororí, una levísima aureola.
Cuando miraba aquella casa se iluminaba entero, cambiaba hasta su
olor. Bastaba que se quedara absorto delante para que su cuerpito
esmirriado, despidiera un intenso olor a incienso y jazmín.
La casa era extraña. Situada justo donde empiezan los migrantes del
campo a constituir casitas de cartón y lata -empujados de sus lugares de
origen por la falta de recursos, y que paradójicamente formarán el
cinturón de pobreza, y aumentarán en las estadísticas el número de
marginales- y donde todavía quedan bastantes árboles y algunas pequeñas
huertas: eternamente cerrada, parecía [38] deshabitada pero tenía el
absurdo letrero luminoso que no se apagaba nunca.
¿Fue una librería? No. No era posible, porque se veía antigua,
probablemente fue única en aquel lugar y a bastante distancia quedarían
las chacras que proveían al mercado de Golondrina.
Era una construcción de madera maciza, fuerte, tipo chalet, enorme,
pintada de amarillo y marrón. Tendría por lo menos ocho a diez
habitaciones. En el frente un coqueto y extraviado toldo como un gran
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