Con pena y sin gloria (Chiquita Barreto Burgos) - pág.15
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dificultad algunos hijos legítimos, sanos y hermosos.
Nunca llegaron los hijos. Los bastardos repartidos por el pueblo no
lograron siquiera su apellido. A veces les daba algún conchabo o permitía
a su mujer traer alguna sirvienta, con menos paga que los que no llevaban
su sangre.
Con el tiempo llegó la enfermedad y Elena que lo odiaba siendo fuerte
lo odió con más intensidad al verlo con la soberbia apaciguada por la
impotencia. Él la amó. Amó la firmeza de su odio.
Durante los tres años que duró su [29] postración, ella lo cuidó
ejemplarmente. Gozaba viéndole prisionero en sus propios dominios, como si
fuese él y no ella el que alguna vez fue vendido.
Todos los días mientras le bañaba, con infinita paciencia, limpiando
los pliegues más recónditos de su cuerpo, con un trapo suave para no
lastimarlo, como si se tratara de un cuerpo amado, le repetía
cariñosamente que se estaba preparando para el gran día; el día de su
muerte, y le contaba cada detalle del programa preparado por ella.
Hacía lavar mensualmente el cortinado y una vez a la semana hacía
lustrar todo objeto susceptible de adquirir brillo, y ella a su vez se
preparaba con secreto regocijo a cumplir cabalmente su papel de viuda
desconsolada.
Un año antes cuando todavía era noticia la enfermedad del gran señor
-que a la hora de su muerte hacía ya tiempo que estaba muerto en la
memoria del pueblo- ella compró media docena de vestidos de luto,
ricamente adornados, como correspondería a la viuda de un hombre
acaudalado.
Pasaba largas horas sentada a la cabecera del enfermo, a quien lo
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