Con pena y sin gloria (Chiquita Barreto Burgos) - pág.14
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dejando solamente los escasos momentos gratos que con el tiempo habían
crecido, hasta convertir al difunto en un hombre casi perfecto. Al ir
adornando la imagen del hombre que fue su marido, ella también fue
creciendo en plenitud.
Había enterrado su odio hacía ya tiempo.
Soportó años de infierno al lado de un tirano grosero y cruel. Los
tres últimos haciendo de enfermera, con un odio tan grande que hasta
despierta soñaba con su muerte.
Fue un tiempo el soltero más codiciado; era rico y por lo tanto
poderoso. Las madres con hijas en edad de merecer deliraban por él.
Cuando al atardecer bajaba del pueblo hacia los rancheríos, montado
en su caballo negro, lo comparaban con el apóstol Santiago, aunque dudaban
si el apóstol montaba un caballo o un burro.
Las muchachas se le cruzaban aparentando indiferencia. O provocándole
[28] abiertamente, aconsejadas por ingenuas madres. Él conocía esas
tretas, y fingiendo inocencia sembraba sus vientres sin comprometerse.
La vio a Elena por primera vez, una siesta caliente, regresando de la
escuela con el moño desecho. Tendría ella alrededor de los catorce. Él
había cumplido 40. La vigiló de lejos por un tiempo así descubrió el
rancho donde vivía. No era hombre de andarse con vueltas, un día le
siguió, llegó a la casa, y pidió que le pusieran precio, aunque no
estuviera en venta, porque él iba a comprar a la niña. La abuela fingió
indignación, pero fijó las condiciones de entrega.
Una modesta suma mensual y matrimonio ante el juez y el cura. Aceptó.
La niña parecía de buena raza, bien alimentada y cuidada le daría sin
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