David Copperfield (Charles Dickens) - pág.630
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Como mi fama creciente empezaba a atraerme una multitud de cartas de personas que yo no conocía, cartas a veces muy insignificantes, a las que no sabía qué contestar, convine con Traddles en escribir mi nombre en su puerta; allí los carteros, infatigables, llevaban montones de cartas dirigidas a mí, y yo de vez en cuando me sumergía en ellas como un secretario de estado, sólo que sin sueldo.
En mi correspondencia encontraba a veces un ofrecimiento de agradecer; por ejemplo, alguno de los individuos que vagaban por Doctors´s Commons me proponían practicar bajo mi nombre (sólo con que comprara el cargo de procurador) y darme el tanto por ciento de los beneficios. Pero yo declinaba aquellos ofrecimientos; había allí demasiadas cosas de aquel estilo, y persuadido como estaba de que aquello era muy malo, no quería contribuir a empeorarlo todavía más.
Las hermanas de Sofía se habían vuelto a Devonshire cuando mi nombre apareció en la puerta de Traddles. El muchacho avispado era el encargado de abrirla, y lo hacía con cara de no conocer ni de vista a Sofía, quien, confinada en una habitación del interior, podía, levantando los ojos de su labor, echar una mirada hacia un rinconcito del jardín, con su bomba y todo.
Siempre la encontraba allí, encantadora y dulce, tarareando una canción de Devonshire, cuando no oía pasos desconocidos, y teniendo quieto, con sus cantos melodiosos, al criado en la antesala oficial.
Al principio yo no comprendía por qué encontraba tan a menudo a Sofía escribiendo en un gran libro, ni por qué en cuanto me veía se apresuraba a meterlo en el cajón de su mesa. Pero pronto me fue revelado el secreto. Un día, Traddles (que acababa de entrar, con una lluvia tremenda) sacó un papel de su pupitre y me preguntó qué me parecía aquella letra.
-¡Oh, no, Tom! -exclamó Sofía, que estaba calentando las zapatillas de su marido.
-¿Por qué no, querida? -repuso Tom radiante-. ¿Qué te parece esta letra, Copperfield?
-Es magnífica; una escritura completamente de negocios. Creo que no he visto nunca una mano más firme.
-¿Verdad que no parece letra de mujer? -dijo Traddles. -¿De mujer? De ninguna manera.
Traddles, encantado de mi equivocación, se echó a reír, y me dijo que era la letra de Sofía; que Sofía le había dicho que muy pronto necesitaría un escribiente, y que ella quería hacer aquel oficio; que había conseguido aquella letra a fuerza de copiar un modelo, y que ahora copiaba no sé cuántas páginas por hora. Sofía estaba muy confusa de que me lo contase.
-Cuando Tom sea juez no lo irá contando así a todo el mundo.
Pero Tom no pensaba así, y, por el contrario, declaraba que siempre estaría igual de orgulloso, fueran las que fuesen las circunstancias.
-¡Qué mujer tan encantadora tienes, mi querido Traddles! -le dije cuando ella se marchó, riendo.
-Mi querido Copperfield -dijo Traddles-, es, sin excepción, la muchacha más encantadora del mundo. ¡Si supieras cómo lo lleva todo, con qué exactitud, con qué habilidad, con qué economía, con qué orden y buen humor!
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