Con pena y sin gloria (Chiquita Barreto Burgos) - pág.7
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no es negro ni rubio, sino del color del agua turbia. Pruebo el contenido
de mi jarro y me gusta. A pesar de que sabe más a trapo que a café, me
gusta. Es dulce y su calor envuelve mi cuerpo. Me como una galleta
mientras miro las cabezas peladas -porque todas, también yo, tenemos el
cráneo rasurado- sopeso en mi mano las otras dos y me decido: tiro una a
la cabeza más próxima. La dueña de la cabeza me mira, sonríe y me
responde. [14]
Ya la mujer del carrito desapareció detrás de la gran puerta y la
sala se transforma, pierde su tristeza se esfuma su olor y una alegría
salvaje se instala adentro. Algunas patinan detrás de los proyectiles. Una
galleta pega contra la ventana y un pedazo de vidrio se desprende
estrellándose con gran ruido en el suelo.
Entra inmediatamente un hombre grande, que al parecer estaba
esperando sólo esa señal. Todas se quedan quietas, mirando el suelo
avergonzadas. Él no dice nada. Nos recorre el rostro con mirada severa. Yo
levanto del suelo una galleta, le tiro a la cabeza para que sus ojos dejen
de taladrarnos, para que entienda el juego. Pero no. No le gusta. Con dos
pasos que parecen saltos, se me pone atrás y me sujeta los brazos con
fuerza, y así me saca por la ancha puerta.
Me lleva a otra sala.
Esta es pequeña y oscura y tiene una sola cama.
Me acuesta, me ata y se va cerrando la puerta.
¿Será que ya no llueve? ¿Y mis hijos? ¿Y los niños que iban a la
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