Con pena y sin gloria (Chiquita Barreto Burgos) - pág.4
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Al llegar a la esquina ya estoy empapada, menos mis pies que siguen
secos y calientes.
Parece que lo único que me asemeja ya, a la mujer que un rato antes
miraba la lluvia detrás de la ventana son esos pies calientes y nada más.
No necesito decidir adonde ir. Voy [10] hacia cualquier lado. Voy a
la lluvia a buscar el origen de mi tristeza, que no es nueva ni vieja,
sino antigua.
El agua me corre por la cara, baja por mi cuerpo, hace canales para
recorrerme.
Camino y camino, no sé hacía donde, ni me interesa. No quiero llegar
a ningún sitio. Sólo me importa la lluvia. Esta lluvia mansa que me
envuelve, y la plenitud que se instala dentro mío.
Tengo alas. La lluvia me hace ligera; camino volando por el borde del
asfalto oscuro. La poca gente que pasa a mi lado me mira con asombro.
¿Será por mis alas? Sé que no tengo alas, pero debo dar la impresión de
tenerlas.
Los coches pasan salpicándome con el agua negra del asfalto: la
lluvia me lava enseguida.
No me dirijo, me dejo llevar.
Me siento niña.
Pienso en mis hijos como extraños y lejanos a mí. Ni siquiera sé si
tengo hijos, si existen. A lo mejor no los tengo. Vagamente recuerdo a una
mujer blanca y grande de manos muy pequeñas, apretándome el vientre,
mientras me dice suave, pero firmemente, ¡fuerza! ¡fuerza! que ya viene, y
un rato después me muestra un cuerpecito rojo, sanguinolento, atado
todavía a mí por un largo y palpitante cordón, que ella corta, [11]
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