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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.628

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.. empeoró y murió. Me dejó con Agnes, que sólo tenía entonces quince días, y con los cabellos grises que me has visto desde el primer día que viniste aquí.
Abrazó a su hija.
-Mi cariño por mi hija era un amor lleno de tristeza, pues mi alma estaba enferma. Pero ¿para qué seguirte hablando de mí? Es de su madre de quien quería hablarte, Trotwood. No necesito decirte lo que he sido ni lo que soy, lo adivinas, lo sé. En cuanto a Agnes, no necesito decirte lo que es, siempre he encontrado en ella algo de la triste historia de su pobre madre; por eso lo he hablado esta noche, ahora que estamos reunidos de nuevo, después de tantos cambios. Ya te lo he dicho todo.
Bajó la cabeza. Agnes inclinó hacia él la suya de ángel, que tomó con sus caricias filiales un carácter más patético todavía después de aquel relato. Una escena tan conmovedora venía a propósito para fijar de un modo muy especial en mi memoria el recuerdo de aquella tarde, la primera de nuestra reunión.
Agnes se levantó y, acercándose suavemente al piano, se puso a tocar una de las cosas que tocaba antes y que habíamos escuchado tantas veces en aquel mismo sitio.
-¿Tienes intención de seguir viajando? -me preguntó, mientras yo estaba de pie a su lado.
-¿Qué opina mi hermana?
-Espero que no.
-Entonces no pienso hacerlo, Agnes.
-Puesto que me consultas, Trotwood, lo diré que tu reputación creciente y tus éxitos deben animarte a seguir, y aunque yo pudiera pasarme sin mi hermano -continuó, fijando sus ojos en mí-, quizá el éxito lo reclame.
-Lo que soy es obra tuya, Agnes, y tú debes juzgarlo.
-¿Mi obra, Trotwood?
-Sí, Agnes, mi querida muchacha -le dije, inclinándome hacia ella-; he querido decirte hoy, al volverte a ver, algo que tengo en el corazón desde la muerte de Dora. ¿Recuerdas que fuiste a buscarme al gabinete y me enseñaste el cielo, Agnes?
-¡Oh, Trotwood! -repuso ella, con los ojos llenos de lágrimas, ¡Era tan amante, tan ingenua, tan joven! ¡Nunca podré olvidarla!
-Tal corno te apareciste entonces, hermana mía, eso has sido siempre para mí. Lo he pensado muchas veces desde aquel día. Siempre me has enseñado el cielo, Agnes; siempre me has conducido hacia un fin mejor; siempre me has guiado hacia un mundo más elevado.
Ella movió la cabeza en silencio; a través de sus lágrimas volví a ver la dulce y triste sonrisa.
-Y te estoy tan agradecido, Agnes, tan agradecido eternamente, que no sé nombrar el afecto que me inspiras. Quiero que sepas, y sin embargo no sé cómo decírtelo, que toda mi vida creeré en ti, y me dejaré guiar por ti, como lo he hecho en medio de las tinieblas, que ya pasaron. Suceda lo que suceda, a pesar de los nuevos lazos que puedas formar y de los cambios que puedan ocurrir entre nosotros, yo te seguiré siempre con los ojos, creeré en ti y te querré como hoy y como siempre.


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