David Copperfield (Charles Dickens) - pág.624
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Ya no aplica su medida limitada a todas las alegrías y a todas las penas de la vida humana. Créeme, hijo mío; es necesario que todos los sentimientos se hayan empequeñecido mucho en un hombre para que se pueda medir con semejante medida.
-Es cierto -le respondí.
-En cuanto a ella, la encontrarás -dijo mi tía- tan bella y tan buena, tan tierna y tan desinteresada como siempre. Si supiera un elogio mayor, Trot, no dudaría en dárselo.
Y, en efecto, no había mejor elogio para ella, ni más amargo reproche para mí. ¡Oh! ¿Por qué fatalidad me había extraviado de aquel modo?
-Si enseña a las niñas que la rodean a ser como ella -continuó mi tía, y sus ojos se llenaron de lágrimas-, Dios sabe que será una vida bien empleada. «Dichosa de ser útil», como decía ella. ¿Y cómo podría ser de otra manera?
-Tiene Agnes algún- -pensaba alto, más bien que hablaba.
-¿Algún qué? -dijo vivamente mi tía.
-Algún enamorado -dije.
-Por docenas -exclamó mi tía, con una especie de orgullo indignado-. Hubiera podido casarse veinte veces, amigo mío, desde que te has marchado.
-No lo dudo -dije-; pero ¿ha encontrado un hombre digno de ella? Pues de no ser así, ella no le querría.
Mi tía permaneció silenciosa un momento, con la barbilla apoyada en la mano. Después, levantando lentamente los ojos:
-Sospecho -dijo- que está enamorada de uno, Trot.
-¿Y es correspondida? -pregunté.
-Trot -repuso gravemente mi tía-, no tengo derecho para decirte más. Ella no se ha confiado nunca a mí, y sólo son suposiciones mías.
Me miraba atentamente, con inquietud (hasta la vi temblar), y me di cuenta, más que nunca, de que seguía mis íntirnos pensamientos. Hice una llamada a todas las resoluciones que había tomado durante tantos días y noches de lucha -on mi corazón.
-Si es así -proseguí-, creo que lo será...
-No digo que lo sea -dijo bruscamente mi tía-; no debes fiarte de mis sospechas. Al contrario, has de guardar secreto. A lo mejor es una idea mía, y no tengo derecho a decir nada.
-Si fuera así -continué-, Agnes me lo dirá algún día. Una hermana, a la que he demostrado tanta confianza, tía, no me negará la suya.
Mi tía separó su mirada de mí, tan lentamente como la había fijado, y, pensativa, se tapó la cara con una mano. Poco a poco puso la otra mano encima de mi hombro, y permanecimos así, uno al lado de otro, pensando en el pasado, sin cambiar una palabra hasta el momento de acostarnos.
Al día siguiente, temprano, salí para el lugar donde había pasado el tiempo lejano de mis estudios. No puedo decir que me sintiera completamente dichoso con la esperanza de ganar una batalla conmigo mismo, ni con la perspectiva de ver pronto su rostro querido.
Pronto recorrí, en efecto, aquel camino, que conocía tan bien, y atravesé aquellas calles tranquilas, donde cada piedra me era tan familiar corno un libro de clase a un colegial.
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