David Copperfield (Charles Dickens) - pág.623
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Mi tía se divirtió mucho cuando empecé a contarle mi entrevista con míster Chillip y el recuerdo tan terrible que conservaba de ella. Ella y Peggotty dijeron muchas cosas del segundo marido de mi pobre madre, y de la «asesina» de su hermana. Ningún castigo ni tormento hubiera obligado a mi tía a llamarla por su nombre de pila o a designarla de otra manera.
CAPÍTULO XX
AGNES
Cuando nos dejaron solos, mi tía y yo estuvimos charlando hasta muy entrada la noche. Me contó que todas las cartas de los emigrantes respiraban esperanza y alegría; que míster Micawber había enviado ya muchas veces pequeñas sumas de dinero para saldar sus deudas, « como debe hacerse de hombre a hombre; que Janet había vuelto al servicio de mi tía al establecerse esta de nuevo en Dover, y que, por último, había renunciado a su antipatía por el sexo masculino, casándose con un rico tabernero, y habiendo confirmado mi tía aquel gran principio ayudando y asistiendo a la novia y hasta honrando la ceremonia con su presencia. He aquí alguno de los puntos sobre los que versó nuestra conversación, aunque ya me había hablado de ello en sus cartas, con más o menos detalles. Míster Dick tampoco fue olvidado. Mi tía me dijo que se dedicaba a copiar todo lo que le caía en las manos, y que con aquel trabajo había conseguido que el rey Carlos I se mantuviera a una distancia respetuosa; que estaba muy contenta de verle libre y satisfecho, y que, en fin (conclusión que no era nueva), sólo ella sabía todo lo que valía.
-Y ahora, Trot -me dijo, acariciándome la mano mientras estábamos sentados al lado del fuego, siguiendo nuestra antigua costumbre-, ¿cuándo vas a it a Canterbury?
-Buscaré un caballo a iré mañana por la mañana, a menos de que quieras venir conmigo.
-No -dijo mi tía en tono breve-; pienso quedarme aquí.
-En ese caso iré a caballo. No hubiese atravesado hoy Canterbury sin detenerme si hubiera sido para ver a otra persona que no fueras tú.
En el fondo estaba encantada; pero me contestó: «¡Bah, Trot! Mis viejos huesos hubieran podido esperar hasta mañana». Y volvió a acariciarme la mano mientras yo miraba al fuego, soñando.
Soñando. No podía saberme tan cerca de Agnes sin sentir en toda su fuerza los sentimientos que me habían preocupado tanto tiempo. Quizá ahora estaban dulcificados por el pensamiento de que aquella lección me estaba merecida por no haberlo previsto cuando tenía todo el porvenir ante mí; pero no por eso dejaba de sentirlo. Todavía oía yo la voz de mi tía repetirme lo que ahora comprendía mejor: « ¡Oh Trot! ¡Ciego!, ¡ciego!, ¡ciego!».
Guardamos silencio durante unos minutos. Cuando levanté los ojos vi que me observaba atentamente. Quizá había seguido el hilo de mis pensamientos, menos difícil de seguir ahora que cuando mi espíritu se obstinaba en mi ceguera.
-Quizá te parezca que a su padre se le han blanqueado mucho los cabellos; pero en lo demás está mucho mejor: es un hombre nuevo.
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