David Copperfield (Charles Dickens) - pág.622
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Cuando mistress Chillip me dijo esto me hubiera podido usted tirar al suelo sólo con el contacto de una pluma. ¡Las señoras son muy observadoras!
-Instintivamente -dije yo.
-Me alegro encontrar tal respaldo a mi opinión -replicó-. No me ocurre a menudo el dar opiniones que no sean profesionales, se lo aseguro. Míster Murdstone echa discursos en público algunas veces, y se dice, en una palabra, lo dice mistress Chillip: que cuanto más tirano ha sido más feroces son sus doctrinas.
-Creo que mistress Chillip tiene mucha razón -dije.
-Mistress Chillip llega a decir -continuó diciendo el más suave de los hombres, con mucha animación- que lo que el pueblo llama equivocadamente su religión es un pretexto para sus malos humores y arrogancias; y ¿sabe usted -continuó, inclinando suavemente la cabeza hacia un lado- que no encuentro autoridad para míster y mistress Murdstone en el Nuevo Testamento?
-Yo tampoco la he encontrado nunca -dije.
-Entre tanto -dijo míster Chillip-, nadie los puede ver; y como se otorgan la autoridad de condenar a la gente que los detesta, tenemos un buen número de condenados entre nuestros vecinos. Sin embargo, como dice mistress Chillip, sufren un continuo castigo. Padecen el suplicio de Prometeo, de devorar su propio corazón, y el propio corazón es mal alimento. Y ahora, caballero, si usted me permite insistir sobre su estado, no se excite usted demasiado.
No me costó trabajo, dada la excitación de míster Chillip por la influencia de la poción, distraer su atención de este tópico y llevarle a sus propios asuntos, sobre los cuales fue muy locuaz durante otra media hora, dándome a entender, entre otras cosas, que si estaba en aquel momento en el café de Gray´s Inn era para declarar ante una comisión investigadora tocante al estado de un paciente que había enfermado del cerebro por abuso de bebidas alcohólicas.
-Le aseguro a usted -dijo- que en estas ocasiones me pongo extremadamente nervioso. No puedo soportar que se me engañe. Esto me deshace. ¿Sabe usted que me hizo falta tiempo para reponerme de aquella alarmante señora, la noche de su nacimiento, míster Copperfield?
Le dije que iba a ver a mi tía, el dragón de aquella noche, a la mañana siguiente, y que hubiese podido ver que era una de las mujeres más cariñosas y más excelentes si hubiera llegado a conocerla con más intimidad. La mera posibilidad de volverla a ver parecía aterrarle. Contestó con una pálida sonrisa: «¿De verdad? ¿Realmente?»; a inmediatamente pidió una vela y se fue a la cama, como si no se encontrara seguro en ningún sitio. No subió precisamente dando tumbos; pero me parece que su plácido pulso debía de dar dos o tres pulsaciones más por minuto que la noche aquella en que mi tía, en el paroxismo de su desencanto, le pegó con su cofia.
Extraordinariamente cansado me acosté, y al día siguiente me metí en la diligencia de Dover, y llegué sano y salvo al salón de mi tía, en el momento en que preparaba el té (ahora tenía lentes), y fui recibido, con los brazos abiertos, por ella, por míster Dick y por mi querida vieja Peggotty, que hacía las veces de ama de llaves.
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