David Copperfield (Charles Dickens) - pág.620
Indice General
|
Volver
Página 620 de 653
..?
-Sí -contesté.
-Pues entonces -exclamó míster Chillip-, no hay duda que ha cambiado mucho desde entonces.
-Probablemente -dije.
-Pues bien -observó míster Chillip-; espero que usted me disculpe si me veo obligado a preguntarle, por favor, su nombre.
Al decirle cómo me llamaba se emocionó visiblemente. Me estrechó las manos (lo cual para él era un proceder violento, pues acostumbraba deslizar tímidamente, a unas dos pulgadas de su cadera, uno o dos dedos, y parecía desconcertado cuando alguien le agarraba con fuerza). Aun ahora metió la mano en el bolsillo de su abrigo tan pronto como le fue posible soltarla, y pareció tranquilizarse cuando vio que estaba sana y salva.
-Querido mío -exclamó, observándome, con su cabeza inclinada hacia un lado-. ¿Y es usted míster Copperfield de verdad? ¡Bueno! Creo que le hubiera reconocido mirándole más detenidamente. Hay un gran parecido entre usted y su pobre padre.
-No tuve la dicha de conocerle -observé.
-Es verdad, caballero -dijo míster Chillip en tono muy suave-. Y es deplorable bajo todos los sentidos. Pues aun en nuestro recuerdo no ignoramos su fama -dijo míster Chillip, moviendo suavemente su cabecita-. Debe de tener usted una gran excitación aquí dentro -dijo míster Chillip señalándose la frente con el índice-. Y será una ocupación muy fatigosa, ¿verdad?
-¿Dónde vive usted ahora? -le pregunté, sentándome a su lado.
-Estoy establecido a algunas millas de Bury Saint-Edmund -dijo mister Chillip-. Mistress Chillip heredó de su padre una pequeña finca en los alrededores, nos instalamos allí, donde (le agradará saberlo) nos va bastante bien. Mi hijo es ya un gran personaje -dijo míster Chillip, sacudiendo un poquito su cabecita-. Su madre ha tenido que soltar dos pliegues a su ropa la semana pasada. ¡Así pasa el tiempo, como puede usted ver!
Al hacer aquella reflexión, el hombrecillo se llevó la copa vacía a los labios. Le propuse que se la llenaran de nuevo, haciéndole compañía mientras la terminaba.
-Muy bien -contestó despacito, como siempre-, es más de lo que estoy acostumbrado; pero no puedo privarme del placer que me ocasiona su conversación. Me parece que fue ayer el día que tuve el honor de asistirle en el sarampión. Salió usted perfectamente de aquella enfermedad.
Le agradecí el elogio y pedí otro vaso, que trajeron enseguida.
-Esto es un exceso -dijo míster Chillip moviéndolo-; pero no puedo resistir a una ocasión tan extraordinaria. ¿No tiene usted familia?
Sacudí de un lado a otro la cabeza.
-Sabía que había usted tenido una pérdida hace algún tiempo -dijo míster Chillip-; me lo dijo la hermana de su padrastro. Un carácter muy decidido, ¿verdad?
-Sí, bastante decidido -dije-. ¿Dónde la vio usted, míster Chillip?
-¿No está usted enterado -contestó míster Chillip con su plácida sonrisa- de que su padrastro es otra vez uno de mis vecinos?
-No sabía nada -dije.
-Pues lo es -dijo míster Chillip-. Se casó con una señorita de aquellos contornos que poseía una pequeña fortuna la pobre infeliz. ¿Y cómo se siente? ¿No siente usted fatiga? -preguntó míster Chillip mirándome con atención.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
601
602
603
604
605
606
607
608
609
610
611
612
613
614
615
616
617
618
619
620
621
622
623
624
625
626
627
628
629
630
631
632
633
634
635
636
637
638
639
640
641
642
643
644
645
646
647
648
649
650
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-500
501-550
551-600
601-650
651-653
|