David Copperfield (Charles Dickens) - pág.613
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Bajé otra vez a comer, y la misma solemnidad de la comida y el ordenado silencio del establecimiento, vacío de clientes, pues no habían terminado aún las vacaciones, parecía condenar con elocuencia la audacia de Traddles y de sus pequeñas esperanzas, que todavía tendrían que esperar lo menos veinte años.
No había visto nada parecido desde que me fui, y mis esperanzas por mi amigo se desvanecieron.
El camarero mayor se había cansado de mí, y se puso a las órdenes de un viejo caballero de altas polairias, para el cual pareció surgir de la bodega una botella especial de Oporto, pues él no había dado ninguna orden. El camarero segundo me confirmó, en un susurro, que aquel señor estaba retirado de los negocios, que vivía en el Square y que tenía una gran fortuna, que esperaban dejaría a una hija de su lavandera; se murmuraba también que tenía en su oficina un servicio de plata muy estropeado por el desuso, aunque jamás ojos humanos vieron en su casa más que una cuchara y un tenedor desparejados.
Entonces pensé que Traddles estaba perdido y que no había esperanza para él. Sin embargo, como tenía muchas ganas de ver a mi viejo y querido amigo, despaché mi comida de manera nada apropiada, para confirmar la opinión del camarero mayor, y me apresuré a salir por la puerta trasera. Pronto llegué al número dos de Court. Una inscripción en la puerta de entrada me informó de que míster Traddles ocupaba varias habitaciones en el último piso. Subí la escalera. Una escalera destartalada, débilmente iluminada en cada descansillo por un quinqué ahumado, que se moría en una jaula de cristal sucio.
En mi ascensión precipitada me pareció oír el sonido agradable de una risa, y no la risa de un procurador o abogado, ni de un estudiante de procurador ni de abogado, sino la risa de dos o tres alegres muchachas. Al paranne a escuchar puse el pie en un agujero donde la Honorable Sociedad de Gray´s Inn había olvidado poner madera, y me caí, con bastante estrépito; al levantarme había cesado el ruido.
El resto de mi ascensión la hice con más cuidado; y mi corazón palpitaba con fuerza, cuando encontré abierta una puerta exterior en que se leía: «Míster Traddles». Llamé. Se oyó un gran alboroto en el interior, pero nada más. Llamé otra vez.
Un chico de mirada viva, medio recadero y medio empleado, que estaba muy sofocado, pero que me miró como para desafiarme legalmente con arrogancia, se presentó:
-¿Está míster Traddles en casa? -dije yo.
-Sí, señor; pero está ocupado.
-Deseo verle.
Después de un momento de inspección, el chiquillo de mirada viva decidió dejarme entrar, y abriendo más la puerta, me introdujo primero en un pequeño vestíbulo y después en un gabinete, donde me encontré en presencia de mi viejo amigo (igualmente sofocado), sentado delanté de una mesa a inclinado sobre unos papeles.
-¡Cielos! -exclamó Traddles levantando los ojos, ¡Si es Copperfiedl!
Y se precipitó en mis brazos, donde le estreché fuertemente.
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