David Copperfield (Charles Dickens) - pág.609
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Lo intenté, en efecto. Faltaban tres meses para que hiciera un año de mi desgracia. Decidí no tomar ninguna resolución antes de que expirase aquel plazo, y, en cambio, tratar de responder a la estimación de Agnes. Aquel tiempo lo pasé todo en el valle en que estaba y en sus alrededores.
Transcurridos los tres meses decidí permanecer todavía durante cierto tiempo lejos de mi país, y establecerme por de pronto en Suiza, que se me había hecho querida por el recuerdo de aquella tarde. Después volví a tomar la pluma y a ponerme al trabajo.
Seguía humildemente los consejos de Agnes; interrogaba a la naturaleza, a quien nunca se la interroga en vano; ya no rechazaba lejos de mí los afectos humanos. Pronto tuve casi tantos amigos en el valle como los había tenido en Yarmouth, y cuando los dejé, en el otoño, para ir a Ginebra, y cuando volví a encontrarlos en la primavera, su sentimiento y su acogida me llegaban al corazón, como si me lo dijeran en mi lengua.
Trabajé mucho y con paciencia. Me ponía temprano y me quitaba tarde. Escribí una historia triste, con un asunto no muy alejado de mi desgracia, y la envié a Traddles, que gestionó su publicación, de una manera muy ventajosa para mis intereses; y el ruido de mi reputación creciente llegó hasta mí con los viajeros que encontraba en mi camino. Después de haberme distraído y descansado un poco, volví a ponerme al trabajo con mi antiguo ardor sobre un nuevo asunto de ficción. A medida que avanzaba en aquella tarea me apasionaba más y ponía en ella toda mi energía. Era mi tercer trabajo de ficción. Había escrito, poco más o menos, la mitad cuando en un intervalo de reposo pensé en volver a Inglaterra.
Desde hacía mucho tiempo, sin perjudicar a mi trabajo paciente, me había dedicado a ejercicios robustos. Mi salud, gravemente alterada cuando dejé Inglaterra, se había restablecido por completo. Había visto mucho, había viajado mucho, y creo que había aprendido algo en mis viajes.
Ahora ya he contado todo lo que me parecía necesario decir sobre esta larga ausencia... Sin embargo, he hecho una reserva. La he hecho; pero no porque tuviera intención de callar ni uno solo de mis pensamientos, pues, ya lo he dicho, estas son mis memorias; pero he querido guardar para el fm este secreto envuelto en el fondo de mi alma. Ahora llego a él.
No consigo entrar por completo en este misterio de mi propio corazón, y, por lo tanto, no puedo decir en qué momento empecé a pensar que hubiera podido hacer a Agnes el objeto de mis primeras y más queridas esperanzas. No puedo decir en qué época de mi pena empecé a pensar que en mi despreocupada juventud había arrojado lejos de mí el tesoro de su amor. Quizás había cogido algún murmullo de este lejano pensamiento cada vez que había tenido la desgracia de sentir la pérdida o la necesidad de ese algo que no debía nunca realizarse y que faltaba a mi felicidad.
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