David Copperfield (Charles Dickens) - pág.608
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De pronto, en medio de aquella grandeza imponente, la voz, la gran voz de la naturaleza me habló. Dócil a su influencia secreta, apoyé en el musgo mi cabeza fatigada y lloré, pero como no había llorado desde la muerte de Dora.
Algunos momentos antes había encontrado un paquete de cartas que me esperaban, y había salido del pueblo para leerlas mientras me preparaban la comida. Otros paquetes se habían perdido, y no había recibido nada hacía mucho tiempo. Aparte de alguna línea diciendo que estaba bien y que había llegado aquí o allá, yo no había tenido fuerzas para escribir ni una sola carta desde mi partida.
Tenía el paquete en las manos y lo abrí. La letra era de Agnes.
Era dichosa, como nos había asegurado, al sentirse útil. Y tenía éxito sin esfuerzo, como había esperado. Era todo lo que me hablaba de ella. Después hablaba de mí.
No me daba consejos, no me hablaba de mis deberes; me decía únicamente, con su fervor acostumbrado, que tenía confianza en mí. Me decía que sabía que con mi carácter no dejaría de sacar una lección saludable de la pena que me había tocado. Que sabía que las pruebas y el dolor no harían más que elevar y fortificar mi alma. Estaba segura de que ahora daría a mis trabajos un fin más noble y más firme. Se alegraba de la fama que ya tenía mi nombre, y esperaba con impaciencia los éxitos que todavía lo ilustrarían, pues estaba segura de que continuaría trabajando. Sabía que a mi corazón, como a todos los corazones buenos y elevados, la aflicción les da fuerzas. Del mismo modo que las desgracias de mi infancia habían hecho de mí lo que ya era, las desgracias mayores, agudizando mi valor, me harían todavía mejor para que pudiera transmitir a los demás, en mis libros, todo lo que yo había aprendido. Me encomendaba a Dios, que había acogido en su reposo a mi inocente tesoro; me repetía que me quería siempre como una hermana y que su pensamiento me seguía por todas partes, orgullosa de lo que había hecho e infinitamente más orgullosa todavía de lo que estaba destinado a hacer.
Guardé la carta en mi pecho, y pensé en lo que era una hora antes. Cuando escuchaba las voces lejanas, y veía las nubes de la tarde tomar un tinte más sombrío, y todos los matices del valle borrarse, la nieve dorada de las cumbres se confundía con el cielo pálido de la noche, y sentí la noche de mi alma pasar, y desvanecerse con aquellas sombras y aquellas tinieblas. El amor que sentía por ella no tenía nombre; más querida para mí de lo que lo había sido nunca...
Releí muchas veces su carta, y le escribí antes de acostarme. Le dije que había necesitado mucho su ayuda; que sin ella no sería ni hubiera sido nunca lo que me decía, pero que ella me daba la ambición de serlo y el valor de intentarlo.
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