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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.607

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No ver nada, no oír nada, únicamente absorto en mi dolor, esa fue la noche que cayó sobre mi corazón indisciplinado. Pero salgamos de ello, como yo terminé por salir, a Dios gracias... Ya es hora de sacudir este largo y triste sueño.
Durante muchos meses viaje así, con una nube oscura en el espíritu. Razones misteriosas parecían impedirme tomar el camino de mi casa y animarme a proseguir mi peregrinación. Tan pronto iba de un sitio a otro, sin detenerme en ninguna parte, como permanecía mucho tiempo en el mismo lugar, sin saber por qué. No tenía sentido. Mi espíritu no encontraba sostén en ninguna parte.
Estaba en Suiza; había salido de Italia atravesando los Alpes, y erraba con un guía por los senderos apartados de las montañas. No sé si aquellas soledades majestuosas hablaban a mi corazón; pero había algo maravilloso y sublime para mí en aquellas alturas prodigiosas, en aquellos precipicios horribles, en aquellos torrentes que rugían, en aquellos caos de nieve y de hielo... Fue lo único de que me di cuenta.
Una tarde, antes de la puesta de sol, bajaba al fondo de un valle, donde pensaba pasar la noche. A medida que seguía el sendero alrededor de la montaña desde donde acababa de ver al sol muy por encima de mí, creí sentir el placer de lo bello y el instinto de una felicidad tranquila despertarse en mí bajo la dulce influencia de aquella paz y reanimar en mi corazón una llama de aquellas emociones desde hacía tanto tiempo olvidadas. Recuerdo que me detuve con una especie de tristeza en el alma, que ya no se parecía al agotamiento de la desesperación. Recuerdo que estuve a punto de creer que podía operarse en mí algún cambio feliz.
Bajé al valle en el momento en que el sol doraba las cimas, cubiertas de nieve, que iban a ocultarle como una nube eterna. La base de las montañas que formaban la garganta donde se encontraba el pueblo era de fresca vegetación, y por encima de aquel alegre verdor crecían los sombríos bosques de pinos, que cortaban la nieve, sosteniendo las avalanchas. Más arriba se veían las rocas grisáceas, los senderos, los hielos, y pequeños oasis de pastos, que se perdían en la nieve que coronaba la cima de los montes. Aquí y allí, en las laderas, se veían puntos en la nieve, y cada punto era una casa. Todos aquellos hoteles solitarios, aplastados por la grandeza sublime de las cimas gigantescas que los dominaban, parecían de juguete. Lo mismo ocurría con el pueblo, agrupado en el valle, con su puente de madera sobre el arroyo, que caía en cascada y corría con ruido en medio de los árboles. A lo lejos, en la calma de la tarde, se oía una especie de canto: eran las voces de los pastores; y viendo una nube, deslumbrante con el fuego del sol, que se ponía, casi me pareció que salían de ella los acentos de aquella música serena que no es de la tierra.


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