David Copperfield (Charles Dickens) - pág.606
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Entre los matices sonrosados del cielo, Emily, apoyada en su tío, y él sosteniéndola en su brazo, pasaron majestuosamente y desaparecieron. Cuando llegamos a la orilla, la noche había caído sobre las colinas de Kent... y también, tenebrosa, sobre mí.
CAPÍTULO XVIII
AUSENCIA
Fue una noche muy larga y muy tenebrosa, turbada por tantas esperanzas perdidas, por tantos recuerdos queridos, por tantos errores, por tantas penas.
Dejé Inglaterra sin comprender bien todavía la fuerza del golpe que había sufrido. Dejé todo lo que me era querido, y me fui. Creía que todo terminaría así. Como cuando un soldado acaba de recibir un balazo mortal, y todavía no se da cuenta siquiera de que está herido, yo, solo con mi corazón indisciplinado, tampoco me daba cuenta de la profunda herida contra la que tenía que luchar.
Por fin fui percatándome, pero poco a poco, lentamente. El sentimiento de desolación que llevaba al alejarme se hacía a cada instante más profundo. Al principio sólo era un sentimiento vago y penoso de tristeza y de soledad; pero después fue transformándose por grados imperceptibles en una pena sin esperanzas por todo lo que había perdido: amor, amistad, interés; por todo lo que el amor había roto en mis manos: la primera fe, el primer afecto, el sueño entero de mi vida. Ya no me quedaba nada más que un vasto desierto, que se extendía a mi alrededor irrompible, hacia el horizonte oscuro.
Si mi dolor era egoísta, yo no me daba cuenta. Lloraba por mi «mujer-niña», arrebatada tan joven. Lloraba por el que hubiera podido ganar la amistad y la admiración de todos, igual que había sabido ganarse la mía. Lloraba por el pobre corazón roto que había encontrado descanso en el mar enfurecido, y por los restos diseminados de aquella casa donde había oído sonar el viento de la noche cuando yo era niño.
No veía ninguna esperanza de salida a la tristeza, acumulada donde había caído. Iba de un lado a otro llevando mi pena conmigo. Sentía todo el peso de aquel fardo que me doblaba, y mi corazón pensaba que nunca podría verse libre de él.
En aquellos momentos de depresión creía que iba a morir. A veces pensaba que por lo menos quería morir al lado de los míos, y volvía hacia atrás, para estar más cerca. Otras veces continuaba mi camino a iba de pueblo en pueblo, persiguiendo no sé qué ante mí y queriendo dejar detrás tampoco sé el qué.
Me sería imposible describir una a una todas las fases de tristeza por las que pasé en mi desesperación. Hay sueños de esos que no podrían describirse más que de una manera vaga e imperfecta, y cuando trato de recordar aquella época de mi vida, me parece que es un sueño de esos, que me viene a la memoria. Veo de pasada ciudades desconocidas, palacios, catedrales, templos, cuadros, castillos y tumbas; calles fantásticas, todos los viejos monumentos de la historia y de la imaginación. Pero no los veo, los sueño, llevando siempre mi penosa carga y dándome cuenta apenas de los objetos que pasan y desaparecen.
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