David Copperfield (Charles Dickens) - pág.604
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Fue un momento doloroso. Todo el mundo lloraba; los niños se agarraban a la falda de Agnes, y dejamos al pobre míster Micawber en un arrebato de violenta desesperación, llorando y sollozando, a la luz de una sola vela, cuya claridad, vista desde el Támesis, debía de dar a la habitación el aspecto de una pobre casa.
Al día siguiente por la mañana fui a asegurarme de que habían partido. Habían subido a la chalupa a las cinco de la mañana, y al ver la pobre casa donde sólo los había visto una vez, y encontrarle un aspecto triste y desierto, porque se habían ido, comprendí el vacío que dejan semejantes despedidas.
Por la tarde de aquel día nos dirigimos a Gravesen Peggotty y yo. Encontramos el barco, rodeado de una multitud de barcas, en medio del río... El viento era bueno; la bandera de partida flotaba en lo alto del mástil. Alquilé inmediatamente una barca y subimos a bordo, a través del laberinto confuso del navío.
Míster Peggotty nos esperaba en el puente. Me dijo que míster Micawber acababa de ser detenido de nuevo (y por última vez) a petición de Heep, y que, según mis instrucciones, había pagado el total de la deuda, que yo le entregué al momento. Después nos hizo bajar al entrepuente, y allí se disiparon los temores que yo había podido concebir de que llegara a saber lo ocurrido en Yarmouth. Míster Micawber se acercó a él, le agarró del brazo amistosamente y me dijo en voz baja que desde la antevíspera no le había dejado ni un momento.
Era para mí un espectáculo tan extraño, la oscuridad me parecía tan grande y el espacio tan angosto. que en el primer momento no me daba cuenta de nada; sin embargo, poco a poco mis ojos se acostumbraron a aquellas tinieblas, y me creí en el centro de un cuadro de Ostade. En medio de las vigas y cuerdas del barco se veían las hamacas, las maletas, los baúles, los barriles, que componían el equipaje de los emigrantes; algunas linternas iluminaban la escena; más lejos, la pálida luz del día entraba por una escotilla o una manga de viento. Grupos muy diferentes se apiñaban; hacían nuevas amistades, se despedían de las antiguas, se hablaba, se reía, se lloraba, se comía, se bebía; algunos estaban ya instalados en el pedazo de suelo que les correspondía, y se ocupaban en arreglar sus efectos, colocando a los niños en taburetes o sillitas; otros, no sabiendo dónde meterse, vagaban de un lado para otro desolados. Había niños que sólo conocían la vida hacía una semana o dos, y viejos encorvados que parecían no tener más que una semana o dos de vida por delante. Labradores que llevaban en sus botas tierra del suelo natal, y herreros cuya piel iba a dar al nuevo mundo una muestra del humo de Inglaterra; en el poco espacio del entrepuente habían encontrado medio de amontonarse muestras de todas las edades y estados.
Lanzando una mirada a mú alrededor, me pareció ver, sentada al lado de uno de los pequeños Micawber, una mujer cuyo aspecto me recordaba a Emily.
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