La Pimpinela Escarlata (Baronesa de Orczy) - pág.44
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-¡Vaya, vaya, ciudadana! -dijo en tono desenfadado-. ¿Se puede saber qué mosca le ha picado?
-Ahora estamos en Inglaterra, madame - replicó la condesa fríamente-, y soy libre de prohibir a mi hija que le estreche la mano amistosamente. Vamos, Suzanne.
Hizo una seña a su hija, y sin volver a mirar a Marguerite Blakeney, pero haciendo una profunda reverencia a la vieja usanza a los dos jóvenes, abandonó la habitación con paso majestuoso.
En el salón de la posada se hizo el silencio durante unos momentos, mientras el frufrú de las faldas de la condesa se desvanecía por el pasillo. Marguerite, rígida como una estatua, siguió con mirada glacial a la erguida figura hasta que desapareció tras el umbral, pero cuando la pequeña Suzanne se disponía a seguir a su madre, humilde y obediente, se borró la dureza del rostro de lady Blakeney y en sus ojos se posó una expresión afligida, casi patética e infantil.
La pequeña Suzanne vio aquella expresión; el carácter dulce de la niña salió al encuentro de la hermosa mujer, apenas un poco mayor que ella; la obediencia filial dio paso a la simpatía juvenil, y al llegar a la puerta, se dio la vuelta, corrió hasta Marguerite, y abrazándola, la besó efusivamente, y a continuación fue en pos de su madre, con Sally a la zaga, mientras una amable sonrisa le formaba hoyuelos en el rostro y hacía una última reverencia a lady Blakeney.
El gesto de delicadeza de Suzanne rompió la desagradable tensión reinante. Sir Andrew siguió su bonita figura con los ojos hasta que se perdió de vista, y después se encontró con los de Marguerite, con una expresión de regocijo.
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