La Pimpinela Escarlata (Baronesa de Orczy) - pág.37
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La condesa paseó la mirada por aquella posada inglesa, pintoresca y antigua, con la paz de aquella tierra de libertad religiosa y civil, y cerró los ojos para ahuyentar la obsesiva visión de la barricada del Oeste y de la muchedumbre retirándose presa del pánico cuando la vieja bruja pronunció la palabra «peste».
Mientras iba en el carro, a cada instante esperaba que la reconocieran, la arrestaran y que tanto sus hijos como ella fueran juzgados y condenados, y aquellos jóvenes ingleses, bajo la guía de su valiente y misterioso jefe, habían arriesgado la vida para salvarlos a ellos, como ya habían salvado a docenas de personas inocentes.
¿Y todo únicamente por deporte? ¡Imposible! Los ojos de Suzanne, que buscaban los de sir Andrew, le decían bien a las claras que pensaba que al menos él rescataba a sus semejantes de una muerte terrible que no merecían movido por una motivación más elevada y más noble que lo que quería hacerle creer.
-¿Con cuántas personas cuenta su valiente grupo, monsieur? -preguntó tímidamente.
-Veinte en total, mademoiselle -contestó-. Uno que da las órdenes y diecinueve que obedecen. Todos somos ingleses, y todos somos fieles a la misma causa: obedecer a nuestro jefe y salvar al inocente.
-Que Dios les proteja a todos, messieurs - dijo la condesa fervientemente.
-Hasta ahora lo ha hecho, madame.
-Me parece prodigioso, ¡prodigioso!, que sean ustedes tan valientes, que estén tan entregados a su prójimo... ¡siendo ingleses! En Francia, la traición acecha por todas partes, en nombre de la libertad y la fraternidad.
-En Francia, las mujeres han sido aún más crueles con nosotros, los aristócratas, que los hombres -dijo en vizconde, suspirando.
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