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La Pimpinela Escarlata (Baronesa de Orczy) - pág.36

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Pero la condesa movió la cabeza con incredulidad. Se le antojaba ridículo que aquellos hombres y su jefe, todos ellos ricos, probablemente de buena cuna, tan jóvenes, se enfrentaran a los terribles peligros que la condesa sabía que corrían constantemente sólo por deporte. En cuanto ponían el pie en Francia, su nacionalidad no les servía de salvaguardia. Cualquiera que fuera sorprendido protegiendo o prestando ayuda a supuestos monárquicos era inevitablemente condenado a la pena capital, cualquiera que fuese su nacionalidad. Y, por lo que sabía la condesa, aquella banda de jóvenes ingleses había desafiado al tribunal de los revolucionarios, implacable y sediento de sangre, dentro de los propios muros de la ciudad de París, y le había arrebatado a las víctimas condenadas al pie mismo de la guillotina. Con un estremecimiento, recordó los acontecimientos de los últimos días, la huida de París con sus dos hijos, los tres escondidos bajo el techo de un carro bamboleante, entre un montón de coles y nabos, sin atreverse a respirar, mientras la muchedumbre aullaba: «A la lanterne les aristos!», en aquella terrible barricada del Oeste.
Todo había sucedido de una forma casi milagrosa: su marido y ella se habían enterado de que se encontraban en las listas de «personas sospechosas», lo que significaba que los juzgarían y condenarían a muerte en cuestión de días, quizá de horas.
Pero de pronto concibieron una esperanza de salvación; la misteriosa carta, firmada con el enigmático dibujo escarlata; las instrucciones claras y precisas; la separación del conde de Tournay, que había destrozado el corazón de la pobre esposa; la esperanza de volver a verse; la huida con sus dos hijos; el carro cubierto; aquella vieja espantosa que lo conducía, parecida a un demonio, con el lúgubre trofeo en el mango del látigo.


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