La Pimpinela Escarlata (Baronesa de Orczy) - pág.35
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-Ah, sí -intervino el joven vizconde-. He oído hablar de Pimpinela Escarlata. Es una florecilla... ¿roja? ¡Sí, eso es! En París dicen que cada vez que un monárquico huye a Inglaterra, ese monstruo, Foucquier Tinville, el acusador público, recibe una nota con esa florecilla dibujada en rojo... ¿Sí?
-Sí, efectivamente -asintió lord Antony.
-Entonces, hoy habrá recibido una de esas notas...
-Sin duda.
-¡Ah! ¡Me gustaría saber qué dirá Tinville! - exclamó Suzanne alegremente-. He oído decir que esa florecilla roja es lo único que le asusta.
-Pues, en ese caso -dijo sir Andrew-, tendrá muchas más ocasiones de examinarla.
-¡Ah, monsieur! -suspiró la condesa-. Todo esto parece una novela, y no la entiendo.
-¿Y por qué habría de entenderla, madame?
-Pero, dígame, ¿por qué su jefe -y todos ustedes- gasta su dinero y arriesga su vida, porque eso es lo que ustedes arriesgaron, messieurs, al ir a Francia, por unos hombres y mujeres franceses que no significan nada para ustedes?
-Por deporte, madame la condesa, por deporte -aseguró lord Antony con su habitual tono de voz potente y jovial-. Verá, es que nosotros somos una nación de deportistas, y en estos momentos está de moda arrancar la liebre de los dientes del podenco.
-Ah, no, no. No puede ser sólo por deporte, monsieur... Estoy segura de que tienen una motivación más noble para hacer esta buena obra.
-Entonces, madame, me gustaría que usted la descubriera. Yo le aseguro que me encanta este juego, pues es el mejor deporte que he conocido hasta ahora. Eso de escapar por un pelo... ¡los riesgos del mismísimo diablo! ¡Adelante! ¡A por ellos!
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