La Pimpinela Escarlata (Baronesa de Orczy) - pág.33
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-Claro que sí, monsieur -dijo la condesa-. Tengo absoluta confianza en usted y en sus amigos. Le aseguro que su fama se ha extendido por toda Francia. Que varios amigos míos hayan escapado de las garras de ese terrible tribunal revolucionario es poco menos que un milagro... Y todo gracias a usted y a sus amigos...
-Nosotros sólo hemos sido simples instrumentos, señora condesa...
-Pero, monsieur, mi marido -prosiguió la condesa, mientras las lágrimas contenidas velaban su voz-, se encuentra en una situación tan peligrosa... No lo hubiera dejado, pero... ha sido por mis hijos... Estaba dividida entre mi deber hacia él y hacia mis hijos. Ellos se negaron a venir sin mí... y usted y sus amigos me juraron solemnemente que mi marido estaría a salvo. Pero ahora que estoy aquí, entre todos ustedes, en esta Inglaterra tan hermosa y libre... pienso en él, teniendo que huir para salvar la vida, acosado como un pobre animal... pasando por peligros tan terribles... ¡Ah! No debería haberlo dejado... ¡No debería haberlo dejado!
La pobre mujer se desmoronó por completo; el cansancio, la aflicción y la emoción se adueñaron de su porte rígido y aristocrático. Lloraba en silencio, y Suzanne corrió hacia ella e intentó secar sus lágrimas con besos.
Lord Antony y sir Andrew no interrumpieron a la condesa mientras hablaba. No cabía duda de que le profesaban un profundo afecto; su silencio así lo testimoniaba, pero, desde siempre, desde que Inglaterra es lo que es, el inglés se siente un poco avergonzado de sus emociones y sentimientos de simpatía. Por eso, los dos jóvenes no dijeron nada y se empeñaron en disimular sus sentimientos, pero sólo consiguieron adoptar una expresión de inconmensurable timidez.
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