La Pimpinela Escarlata (Baronesa de Orczy) - pág.31
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La voz de su madre la devolvió a la realidad una vez más, y con un dócil «Sí, mamá», fue a sentarse a la mesa.
I
LA LIGA DE LA PIMPINEL
ESCARLAT
Formaban un grupo animado, incluso feliz, sentados en torno a la mesa: sir Andrew Ffoulkes y lord Antony Dewhurst, dos típicos caballeros ingleses, apuestos, de buena cuna y buena educación, de aquel año de gracia de 1792, y la condesa francesa con sus dos hijos, que acababan de escapar de terribles peligros y al fin habían encontrado un refugio seguro en las costas de la protectora Inglaterra.
Los dos forasteros del rincón debían haber terminado la partida de ajedrez; uno de ellos se levantó y, de espaldas al alegre grupo, se puso con gran parsimonia el amplio abrigo de triple esclavina. Mientras estaba ocupado en esta tarea, lanzó una mirada rápida a su alrededor. Todos prestaban atención únicamente a reír y charlar, y el forastero murmuró las siguientes palabras: «¡Todos a salvo!». Su compañero, con la prudencia propia de una larga experiencia, se puso de rodillas y al cabo de unos segundos se deslizó sin ruido bajo el banco de roble. A continuación el otro forastero dijo «Buenas noches» en voz alta y abandonó en silencio el salón.
En la mesa, nadie había observado la extraña y sigilosa maniobra, pero cuando el desconocido cerró la puerta del salón, todos suspiraron inconscientemente con alivio.
-¡Al fin solos! -exclamó lord Antony en tono jovial.
El joven vizconde Tournay se levantó, con la copa en la mano, y con la cortesía y afectación propias de la época, la alzó y dijo en un inglés vacilante:
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