La Pimpinela Escarlata (Baronesa de Orczy) - pág.29
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-Un trocito nada más, mademoiselle -replicó sir Andrew, sonriendo-, pero a su entera disposición.
La muchacha volvió a sonrojarse, pero, en esta ocasión, una brillante sonrisa, dulce y fugaz, iluminó su delicado rostro. No dijo nada, y aunque también sir Andrew guardó silencio, aquellos dos jóvenes se entendieron mutuamente, como ocurre con los jóvenes del mundo entero y como ha ocurrido desde que el mundo es mundo.
-Bueno, ¿y la cena? -intervino lord Antony en el tono jovial de costumbre-. La cena, mi querido Jellyband. ¿Dónde está esa hermosa mocita con la sopera? Venga, buen hombre, que mientras usted contempla a las damas van a desmayarse de hambre.
-¡Un momento! ¡Un momento, señor! - exclamó Jellyband abriendo la puerta que daba a la cocina. Con voz potente gritó: -¡Sally! ¡Vamos, Sally! ¿Está todo listo, hija?
Sally ya lo tenía todo preparado, y al cabo de unos momentos apareció en el umbral con una sopera gigantesca de la que salía una nube de vapor y un apetitoso y penetrante aroma.
-¡Gracias a Dios! ¡La cena, por fin! - exclamó lord Antony alegremente, mientras ofrecía su brazo a la condesa con galantería.
-¿Me concede el honor? -añadió ceremoniosamente, y a continuación la acompañó hasta la mesa.
En el salón todo era un ir y venir; el señor Hempseed y la mayor parte de los parroquianos se habían retirado para dejar sitio a «la aristocracia» y para terminar de fumar sus pipas en otro lugar. Sólo los dos forasteros se quedaron, en silencio, jugando tranquilamente al dominó y bebiendo vino a pequeños sorbos. En otra mesa, Harry Waite, que estaba poniéndose de mal humor por momentos, observaba a Sally, que trajinaba alrededor de la mesa.
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