La Pimpinela Escarlata (Baronesa de Orczy) - pág.23
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En cuanto al señor Jellyband y los que como él pensaban, aunque juzgaban a todos los extranjeros con absoluto desprecio, eran más monárquicos y antirrevolucionarios que nadie, y en aquellos momentos estaban furiosos con Pitt por su precaución y su moderación, aunque, naturalmente, no comprendían las razones diplomáticas que guiaban la política de aquel gran hombre.
Pero de repente, Sally entró corriendo en la habitación, excitada y nerviosa. Los ocupantes del salón no habían oído el ruido del exterior, pero la muchacha había estado observando a un caballo y su jinete que se habían detenido a la puerta de The Fisherman’s Rest, empapados y, mientras el mozo de cuadra se apresuraba a atender al caballo, la hermosa Sally fue a la puerta para dar la bienvenida al viajero.
-Creo que he visto el caballo de lord Antony en el patio, padre -dijo mientras cruzaba rápidamente el salón.
Pero ya habían abierto la puerta de par en par desde fuera, y al cabo de escasos segundos, un brazo cubierto de tela encerada y chorreando agua rodeaba la cintura de la hermosa Sally, mientras una voz potente resonaba en las vigas enceradas del salón.
-Benditos sean sus ojos pardos por su agudeza, mi hermosa Sally -dijo el hombre que acababa de entrar, mientras el honrado señor Jellyband se precipitaba hacia él con ademán anhelante y ceremonioso, como convenía a la llegada de uno de los huéspedes más apreciados de su establecimiento.
-¡Cielo santo, Sally! -añadió lord Antony al tiempo que depositaba un beso en las lozanas mejillas de la señorita Sally-. Cada día está más guapa, y a mi honrado amigo Jellyband debe costarle trabajo alejar a los hombres de esa delgada cintura suya.
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