David Copperfield (Charles Dickens) - pág.601
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Aquel memorable cuaderno le recordó precisamente otra transacción, como él lo llamaba. Cuando subimos dijo que su ausencia había sido causada por circunstancias independientes de su voluntad; después sacó de su bolsillo una gran hoja de papel, cuidadosamente doblada y cubierta con una larga suma. A la primera ojeada me di cuenta de que nunca había visto nada tan monstruoso en ningún cuademo de aritmética. Era, según parece, un cálculo de intereses compuestos sobre lo que él llamaba « el total principal de cuarenta y una libras, diez chelines, once peniques y medio», para épocas diferentes. Después de haber estudiado cuidadosamente sus recursos y comparado las cifras, había llegado a determinar la suma que representaba el todo, interés y principal, por dos años, quince meses y catorce días, desde esa fecha. Había preparado con su mejor escritura una nota que entregó a Traddles, dando miles de gracias por encargarse de su deuda íntegra, como debe hacerse de hombre a hombre.
-Sigo teniendo el presentimiento -dijo míster Micawber moviendo la cabeza con expresión pensativa- de que encontraremos a nuestra familia a bordo antes de nuestra partida definitiva.
Míster Micawber, evidentemente, tenía otro presentimiento sobre el mismo asunto; pero lo metió en su taza de estaño, y se lo tragó todo.
-Si durante el viaje tiene usted alguna ocasión de escribir a Inglaterra, mistress Micawber -dijo mi tía-, no deje de damos noticias suyas.
-Mi querida miss Trotwood -respondió ella-, seré demasiado dichosa pensando que hay alguien a quien le interesa saber de nosotros, y no dejaré de escribirle. Míster Copperfield, que es desde hace tanto tiempo nuestro amigo, espero que no tenga inconveniente en recibir de vez en cuando algún recuerdo de una persona que le ha conocido antes de que los mellizos fueran conscientes de su existencia.
Respondí que tendría mucho gusto en tener noticias suyas siempre que tuviera ocasión de escribirnos.
-Las facilidades no nos faltaran, gracias a Dios -dijo míster Micawber-. El océano ya es sólo una gran flota, y seguramente encontraremos más de un barco durante la travesía. Es una diversión este viaje -continuó, cogiendo su telescopio-, una verdadera diversión. La distancia es imaginaria.
Cuando lo recuerdo no puedo por menos que sonreír. Aquello era muy de míster Micawber... Antes, cuando iba de Londres a Canterbury, hablaba corno de un viaje al fin del mundo, y ahora que dejaba Inglaterra para ir a Australia, le parecía que partía para atravesar la Mancha.
-Durante el viaje probaré a hacerles tener paciencia desgranando mi rosario, y confío que durante las largas veladas no les molestará oír las melodías de mi hijo Wilkins, alrededor del fuego. Cuando mistress Micawber tenga ya el pie seguro y no se maree (perdón por la expresión), ella también les cantará su cancioncita. A cada instante veremos pasar a nuestro lado tiburones y delfines; a babor como a estribor descubriremos todo el tiempo cosas llenas de interés. En una palabra -dijo míster Micawber con su antigua elegancia-, es probable que tengamos a nuestro alrededor tantos motivos de distracción, que cuando oigamos gritar «¡Tierra!» desde lo alto del gran mástil, nos quedemos muy sorprendidos.
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