La Pimpinela Escarlata (Baronesa de Orczy) - pág.9
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-Mi nieto tiene la viruela -respondió señalando con el pulgar hacia el interior del carro-. Algunos dicen que es la peste. Si es así, mañana no me dejarán entrar en París.
Al oír la palabra viruela, Bibot retrocedió inmediatamente, y cuando la vieja habló de la
peste, se apartó de ella con la mayor rapidez posible.
-¡Maldita seas! -murmuró, y la multitud se apresuró a alejarse del carro, que quedó solo en medio de la plaza.
La vieja bruja se echó a reír.
-¡Maldito seas tú, ciudadano, por tu cobardía! -dijo- ¡Bah! ¡Vaya un hombre, que tiene miedo a la enfermedad!
-¡Morbleu! ¡La peste!
Todos se quedaron espantados, en silencio, horrorizados por el odioso mal, lo único que aún era capaz de inspirar temor y asco a aquellos seres salvajes y embrutecidos.
-¡Largaos, tú y tu prole apestada! -gritó Bibot con voz ronca.
Y, tras soltar otra risotada, la vieja fustigó su flaco rocín y el carro traspasó la puerta. El incidente había estropeado la tarde. A la gente le horrorizaban aquellas dos maldiciones, las dos enfermedades que nada podía curar y que eran precursoras de una muerte espantosa y solitaria. Todos se dispersaron por los alrededores de la barricada, silenciosos y taciturnos, mirándose unos a otros con recelo, evitando el contacto instintivamente, por si la peste ya rondaba entre ellos. De repente, como en la historia de Grospierre, apareció un capitán de la Guardia. Pero Bibot lo conocía y no cabía la posibilidad de que fuera el astuto inglés disfrazado.
-¡Un carro! -gritó jadeante el capitán antes de llegar a las puertas.
-¿Qué carro? brusquedad. -Lo conducía Cubierto.
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