La Pimpinela Escarlata (Baronesa de Orczy) - pág.8
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-Nunca se sabe -decía siempre-, y no voy a dejarme sorprender como le ocurrió al imbécil de Grospierre.
Las mujeres que conducían los carros solían pasar el día en la Place de la Gréve, bajo la tarima de la guillotina, tejiendo y chismorreando mientras contemplaban las filas de carretas que transportaban a las víctimas que el Reinado del Terror reclamaba diariamente. Era muy entretenido ver la llegada de los aristócratas a la recepción de Madame Guillotina, y los sitios junto a la tarima estaban muy solicitados. Durante el día, Bibot había estado de guardia en la Place. Reconoció a la mayoría de aquellas brujas, las tricoteuses, como se las llamaba, que pasaban horas enteras tejiendo, mientras bajo la cuchilla caía una cabeza tras otra, y en muchas ocasiones les salpicaba la sangre de aquellos malditos aristócratas.
-¡Hé, la mére! -le dijo Bibot a una de aquellas horribles brujas-. ¿Qué llevas ahí?
Ya la había visto antes, con su labor de punto y el látigo del carro al lado. La vieja había atado una hilera de cabellos rizados al mango del látigo, de todos los colores, desde el dorado al plateado, rubios y oscuros, y los acarició con sus dedos enormes y huesudos mientras respondía riendo a Bibot:
-Me he hecho amiga del amante de Madame Guillotina -dijo, emitiendo una risotada grosera-. Los fue cortando mientras rodaban las cabezas para dármelos. Me ha prometido que mañana me dará más, pero no sé si estaré en el sitio de siempre.
-¡Ah! ¿Y cómo es eso, la mére? -preguntó Bibot, que, aun siendo soldado endurecido, no pudo evitar un estremecimiento ante aquella repulsiva caricatura de mujer, con su repugnante trofeo en el mango del látigo.
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