La Pimpinela Escarlata (Baronesa de Orczy) - pág.7
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-«¡Tras ellos, soldados!», gritó el capitán - dijo al cabo de unos minutos-. «¡Acordaos de la recompensa! ¡Tras ellos! ¡No pueden haber llegado muy lejos!» Y a continuación cruzó la puerta, seguido por una docena de hombres.
-¡Pero ya era demasiado tarde! -exclamó con excitación la muchedumbre.
-¡No los alcanzaron!
-¡Maldito sea ese Grospierre por su estupidez!
-¡Recibió su merecido!
-¡A quién se le ocurre no examinar los barriles como es debido!
Pero aquellos comentarios parecían divertir extraordinariamente a Bibot; rió hasta que le dolieron los costados y le rodaron las lágrimas por las mejillas.
-¡No, no! -dijo al fin-. ¡Si los aristócratas no iban en el carro, y el conductor no era Pimpinela Escarlata!
-¿Cómo?
-¡Cómo que no! ¡El capitán de la guardia era ese maldito inglés disfrazado, y todos los soldados, aristócratas!
En esta ocasión, la gente no dijo nada; aquella historia tenía un aire sobrenatural, y aunque la República había abolido a Dios, no había conseguido aniquilar el temor a lo sobrenatural en el corazón del pueblo. Verdaderamente, aquel inglés debía ser el mismísimo diablo.
El sol se hundía por el oeste. Bibot se dispuso a cerrar las puertas.
-En avant los carros -dijo.
Había unos doce carros cubiertos en fila, dispuestos para abandonar la ciudad con el fin de recoger los productos del campo que se venderían en el mercado a la mañana siguiente. Bibot los conocía a casi todos, pues traspasaban la puerta que estaba a su cargo dos veces al día, cuando entraban y salían de la ciudad. Hablaba con un par de conductores -mujeres en su mayoría- y examinaba minuciosamente el interior de los vehículos.
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