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La Pimpinela Escarlata (Baronesa de Orczy) - pág.2

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Y cada día, cada hora, el repugnante instrumento de tortura reclamaba múltiples víctimas: ancianos, mujeres jóvenes, niños pequeños, hasta el día en que reclamara también la cabeza de un rey y de una hermosa y joven reina.
Pero así debía ser, ¿acaso no era el pueblo el soberano de Francia? Todo aristócrata era un traidor, como lo habían sido sus antepasados. El pueblo sudaba y trabajaba y se moría de hambre desde hacía doscientos años para mantener el lujo y la extravagancia de una corte libidinosa; ahora, los descendientes de quienes habían contribuido al esplendor de aquellas cortes tenían que esconderse para salvar la vida, escapar si querían evitar la tardía venganza de un pueblo.
Y, efectivamente, intentaban esconderse, e intentaban escapar; en eso radicaba precisamente la gracia del asunto. Todas las tardes, antes de que se cerraran las puertas de la ciudad y de que los carros del mercado desfilaran por las distintas barricadas, algún aristócrata estúpido trataba de librarse de las garras del Comité de Salud Pública. Con diversos disfraces, bajo distintos pretextos, intentaban cruzar las barreras, bien protegidas por los ciudadanos soldados de la República. Hombres con ropas de mujer, mujeres con atuendo masculino, niños disfrazados con harapos de mendigo. Los había de todos los tipos: antiguos condes, marqueses, incluso duques que querían huir de Francia, llegar a Inglaterra o a otro maldito país, y allí despertar sentimientos contrarios a la gloriosa Revolución,
o formar un ejército con el fin de liberar a los desgraciados prisioneros que antes se llamaban a sí mismos soberanos de Francia.
Pero casi siempre los cogían al llegar a las barricadas, sobre todo en la Puerta del Oeste, vigilada por el sargento Bibot, que poseía un olfato prodigioso para descubrir a los aristócratas, aunque fueran perfectamente disfrazados.


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