David Copperfield (Charles Dickens) - pág.599
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La familia de emigrantes excitaba bastante la curiosidad en el barrio, y estuvimos encantados de poder refugiamos en su habitación. Era precisamente una de esas habitaciones de madera, por debajo de las cuales sube la marea. Mi tía y Agnes estaban allí, muy ocupadas, confeccionando algunos vestidos suplementarios para los niños. Peggotty las ayudaba; tenía delante de sí su vieja caja de labor, con su metro y el pedacito de cera, que había atravesado sano y salvo tantas vicisitudes.
Me costó mucho trabajo eludir sus preguntas, y todavía más el insinuar en voz baja, y sin ser observado, a míster Peggotty, que acababa de entrar, que había entregado la carta y que todo iba bien. Pero por fin lo conseguí, y los pobres eran dichosos. Yo no debía de estar muy alegre; pero había sufrido bastante personalmente para que a nadie pudiera extrañarle.
-¿Y cuándo se pone el barco a la vela, míster Micawber? -preguntó mi tía.
Míster Micawber juzgo necesario prepárar poco a poco a mi tía o a su mujer para lo que iba a decirles, y les dijo que sería antes de lo que se esperaba la víspera.
-¡El barco lo habrá avisado, supongo! -dijo mi tía.
-Sí, señora -respondió.
-Y bien -dijo mi tía-, ¿se echa a la mar?
-Señora -respondió él-, estoy informado de que tenemos que estar a bordo mañana, a las siete de la mañana.
-¿Eh? -dijo mi tía-. ¡Qué pronto! ¿Es eso cierto, míster Peggotty!
-Sí, señora; el barco bajará el río con la próxima marea. Si el señorito Davy y mi hermana vienen a Gravesen con nosotros, mañana a mediodía nos despediremos.
-Puede usted estar seguro -le dije.
-Hasta entonces, y hasta el momento en que estemos en el mar -dijo míster Micawber lanzándome una mirada de inteligencia-, míster Peggotty y yo vigilaremos juntos nuestros equipajes. Emma, amor mío -continuó míster Micawber, tosiendo con la majestad de costumbre para aclararse la voz-, mi amigo míster Thomas Traddles tiene la bondad de proponerme en voz baja que le permita encargar todos los ingredientes necesarios para la composición de cierta bebida, que se asocia naturalmente en nuestros corazones, al rosbif de la vieja Inglaterra; quiero decir.. ponche. En otras circunstancias yo no me atrevería a pedir a miss Trotwood y a miss Wickfield... pero...
-Todo lo que puedo decir -contestó mi tía- es que, en cuanto a mí, beberé a su salud y a su éxito con el mayor gusto, míster Micawber.
-Y yo también -dijo Agnes sonriendo.
Míster Micawber bajó inmediatamente al mostrador y volvió cargado con una olla humeante. No pude por menos de observar que pelaba los limones con un cuchillo que tenía, como conviene a un plantador consumado, de lo menos un pie de largo, y que lo limpiaba con ostentación sanguinaria en la manga de su traje. Mistress Micawber y los dos hijos mayores estaban también provistos de aquellos formidables instrumentos; en cuanto a los más pequeños, les habían atado a cada uno, a lo largo del cuerpo, una cuchara de madera, pendiente de un fuerte cordón.
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