David Copperfield (Charles Dickens) - pág.598
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CAPÍTULO XVII
LOS EMIGRANTES
Todavía tenía una cosa más que hacer antes de ceder al choque de aquellas emociones, y era ocultar, a los que iban a partir, lo que había sucedido, y dejarles emprender el viaje en una feliz ignorancia. Para esto no había tiempo que perder.
Cogí a míster Micawber aparte aquella noche y le confié el cuidado de impedir que aquella terrible noticia llegara a míster Peggotty. Se encargó con gusto de ello y me prometió interceptar todos los periódicos, que sin aquella precaución pudieran revelárselo.
-Antes de llegar a él -dijo míster Micawber, golpeándose el pecho- sería necesario que esa triste historia pasara por encima de mi cadáver.
Míster Micawber, desde que trataba de adaptarse a su nuevo estado de sociedad, había tomado aires de cazador aventurero, si no precisamente en contra de las leyes, al menos a la defensiva. Hubiera podido tomársele por un hijo del desierto, acostumbrado desde hacía mucho tiempo a vivir fuera de los confines de la civilización y a punto de volver a sus desiertos nativos. Se había provisto, entre otras cosas, de un traje completo de hule, y de un sombrero de paja, de copa muy baja y untado por fuera de alquitrán. Con aquel traje grosero, y un telescopio común de marinero debajo del brazo, dirigiendo a cada instante al cielo una mirada de entendido, como si esperase mal tiempo, tenía un aspecto mucho más náutico que míster Peggotty. Si puedo expresarme así, había preparado para la acción a toda su familia. Encontré a mistress Micawber con el sombrero más hermético, más cerrado y más discreto, sólidamente atado bajo la barbilla, y cubierta con un chal que la empaquetaba como me habían empaquetado a mí en casa de mi tía el día en que había ido a verla por primera vez. Mistress Micawber, por lo que pude ver, también se había preparado para hacer frente al mal tiempo, aunque no había nada superfluo en su vestimenta. A Micawber hijo apenas si se le veía, perdido bajo el traje de marinero más peludo que he visto en mi vida. En cuanto a los niños, los habían embalado, como conservas, en estuches impermeables. Míster Micawber y su hijo mayor tenían las mangas subidas para demostrar que estaban dispuestos a echar una mano en cualquier parte o a subir al puente y cantar en coro al subir el ancla KYeo... yeo... yeo», a la voz de mando.
Con este aparejo los encontramos reunidos por la noche, bajo la escalera de madera, que llamaban entonces «Hungerford Stairs». Vigilaban la salida de una barca que llevaba parte de su equipaje. Yo había contado a Traddles el cruel suceso, que le había conmovido dolorosamente; pero se daba cuenta como yo de que convenía guardar el secreto, y venía a ayudarme en este último servicio. Allí mismo fue donde me llevé a míster Micawber a solas y obtuve de él aquella promesa.
La familia Micawber se alojaba en un sucio tabernucho, completamente al pie de « Hungerford Stairs», cuyas habitaciones, de tabiques de madera, avanzaban sobre el río.
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